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Adiós a un feroz año negro

De color negro chapapote amaneció en Galicia este año 2003 que hoy se va, como el caimán, para Barranquilla. Nadie lo echará de menos. Las noticias que deja son buenas y malas a un tiempo. Malas, porque el manto de agua que rodea a este país de los dos mares y los mil ríos tardará todavía algunos años en recuperarse por completo de la pegajosa herida de brea que le infligió el Prestige. Costará aún mucho esfuerzo y dinero curar la resaca de esta séptima marea negra, y ya se sabe que las calamidades, por grande que resulte su dimensión, dejan de serlo a medida que los telediarios y la opinión pública las dan por enterradas. Pero las noticias también son buenas cuando se comprueba -ya con alguna distancia- la formidable reacción del pueblo gallego en general, y del marinero en particular, frente a una de las mayores catástrofes de su Historia. Esta ciudadanía a la que más allá del Padornelo suele atribuírsele una conducta de sumisión rayana en lo bovino demostró que también sabe unirse aquí en Galicia para acometer los grandes empeños que hasta ahora sólo emprendía en la emigración. Los miles de lobos de mar que a pura fuerza de ingenio y bravura mantuvieron a raya a los ejércitos del chapapote en la bocana de las rías forman parte ya de la historia mítica -pero muy real- de este reino. Y los cientos de miles de ciudadanos que en el mar interior de las calles de Vigo, de Compostela, de Coruña y de tantos otros lugares se unieron a ellos para expresar sosegadamente su hartura de petróleo y de desidia forman también parte del nuevo espejo en el que ya resulta imposible reconocer al viejo país de la resignación, del lamento, de la negra sombra. La emergencia de esa nueva Galicia que el chapapote sacó a flote por una inesperada aplicación del principio de Arquímedes es, sin duda, una de las grandes noticias del año y un contrapunto en blanco -el color de los monos de los voluntarios- al negrísimo panorama que se le presentaba al país hace apenas doce meses. Los gobernantes, que -con anecdóticas excepciones- tanto han hecho por desprestigiar, cuando no perseguir, a los representantes de esa multitudinaria y vivísima sociedad gallega que salió a la luz alumbrada por el fuel, debieran estarle más bien agradecidos. Si los galaicos hubieran respondido, según el guión, al viejo tópico de su mansedumbre, resultaría del todo improbable que el Gobierno se sintiese obligado a resarcir a este país con un copioso plan de inversiones que -al menos, sobre el papel- puede dar a Galicia el empujón financiero que necesita para no perder definitivamente el tren de Europa. Si esa nueva sociedad no siguiera dando a conocer día a día su vigilante existencia, como de hecho lo está haciendo, bien pudiera ocurrir que los grandes proyectos anunciados por el Gobierno no pasaran de la mera fase de estudio y anteproyecto. Y, felizmente, nada indica que tal cosa vaya a ocurrir por ahora. Bien al contrario, la clamorosa insuficiencia de control sobre sus propias aguas que la catástrofe del Prestige puso de manifiesto, parece haber despertado en la autoridad del Reino de Galicia una vieja y bastante olvidada reivindicación de mayores grados de poder autónomo. Lo suficiente como para que, diez años después de formularlas por primera vez, el monarca-presidente Don Manuel haya sacado del armario sus teorías sobre la Administración Única, la reforma de la Constitución y la delegación de poderes sobre determinadas cuestiones a favor de los reinos autonómicos. Transcurrido un año de nuestra peor desventura, el cuerpo social de Galicia parece haber respondido a la infección del chapapote con la suficiente energía como para invitar a la esperanza. Contra todo pronóstico, el turismo ha resistido más que aceptablemente a un desastre muy capaz de hundir ese vital ramo de ingresos; y, a mayores, los bancos de pesca y marisco han repuesto fondos con una celeridad en la que casi nadie confiaba, sensatamente, en los comienzos de este negro 2003. A todo eso hay que agregar los venturosos augurios con los que el Año Santo en su versión laica del Xacobeo promete llenar de millones de turistas el país durante el 2004 que mañana comienza. Salimos de un feroz año negro para entrar en otro que, si no feliz, al menos avala una razonable fe de los gallegos en salir airosos de tantas desdichas. Dado que los años bisiestos suelen ser de buena fortuna, sólo queda esperar que el Apóstol nos eche una mano. Y qué menos se puede esperar de un paisano tan ilustre.