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A BORDO DEL SOROLLA DE TRASMEDITERRANEA.-


Un barco sin marinos, es un engendro sin alma.

Una ciudad en el mar La tripulación de un barco de línea debe mantener los servicios de un pequeño mundo flotante Cuando viajamos en barco no solemos reparar en todo lo que se necesita para que ese transporte sea posible y funcione. Hemos ido y vuelto en el buque Sorolla de la Trasmediterránea de Palma a Barcelona para conocer la vida de los marinos y el complejo funcionamiento de un moderno buque de pasaje. Una pequeña ciudad que flota sobre las olas. Llegamos con las maletas, cruzamos la pasarela. Al entrar en el ferry, nos invade un olor especial, mezcla de cerrado y combustible. Para nosotros el viaje es casi un trámite. Un tiempo muerto y de espera, en el que no sucede nada. Pero detrás de esa normalidad silenciosa que envuelve al pasajero de un barco ocurren muchas cosas. Un buque es una pequeña ciudad en alta mar, un organismo que no descansa nunca. Aunque, entre los pasajeros, a casi nadie se le ocurra planteárselo. Hemos viajado en el buque Sorolla de la Trasmediterránea a lo largo de una jornada. Para conocer esa vida oculta del barco que apenas se trasluce al pasaje. Y nos han sorprendido muchas cosas. La primera, en los barcos se trabaja mucho y muchas horas. En contra del cliché algo crucerístico de las películas, la jornada en un buque de línea es dura. Y la vida del marino también, por añadidura. Anacarsis, uno de los míticos Siete Sabios de Grecia, escribió algo muy revelador: “Los hombres se dividen entre los vivos, los muertos y los que están en el mar”. Ya desde la antigüedad, el oficio de marino era como un exilio permanente, una salida del universo cotidiano, un descolocamiento trasterritorial. “Los que están en el mar”, lejos, sin participar de la vida diaria de sus familias, sus amigos. Hemos visto muchas veces el mismo gesto en los marinos. Esa especie de fatalismo triste al confesar que sus padres murieron sin que él estuviera allí, que sus hijos nacieron cuando ellos navegaban. Años y años “encima del agua”. Se aprecia el amor a la profesión, pero también una oculta melancolía. Permanente ocupación En nuestra jornada, sin embargo, hay poco tiempo para la contemplación. El pasaje embarca a partir de las 12 horas, mientras los grandes camiones arrastran los contenedores a las bodegas. A las 13 horas se suben lentamente las rampas, los viajeros se agolpan en cubierta, y las máquinas retiemblan produciendo un escalofrío en el enorme barco. En un pequeño despacho situado cerca de la tienda encontramos a Joaquín Bermúdez, sobrecargo del Sorolla. La mesa de un sobrecargo es una especie de oficina llena de trabajo. Por un monitor se contemplan diversas zonas del barco, suena el teléfono, se escuchan los walkies-talkies, mientras firma papeles, consulta el ordenador, imprime nuevos papeles. Da la sensación de una permanente ocupación. “El sobrecargo es a la vez el director del hotel y el administrador del barco. Hay que hacer muchas horas de trabajo administrativo, de nosotros depende la atención al pasaje”. El barco puede transportar mil pasajeros, aunque este mediodía de abril sólo viajan unos doscientos. Una sesentena de tripulantes ha de encargarse de todo. “En un barco de línea la proporción es mucho más baja que en un crucero. Aquí tocan a unos 30 pasajeros por tripulante, mientras que en un crucero es de dos a tres”. En la sección que depende del sobrecargo trabaja una treintena de personas. El mayordomo es su hombre de confianza, vienen después las tres azafatas, un jefe de cocina, el primer cocinero, el segundo cocinero, el ayudante de cocinero, dos marmitones, tres barmans, un encargado de cámara, un gambucero, un ropero, los camareros… La mecanización de muchas tareas y el ajuste de horarios hace que todo esté milimetrado. Cuando el barco zarpa acaba el primer turno de cocina, y el pasaje entra en el autoservicio para comer. Los marineros descansan de 14 a 18 horas, para aliviar la cantidad de horas trabajadas. Preguntamos por los problemas más frecuentes con el pasaje. En los bares, siempre hay gente que fuma donde no puede o se tumba en lugares indebidos. Pero una de las cosas que llama más la atención es el número de robos en ropa. Cada día se colocan 1.600 toallas nuevas y 3.000 sábanas. Las toallas pequeñas y las mantas son el objetivo de los “coleccionistas”. ¡Al mes, se “mangan” unas 400 toallas en un barco! Cuatro mil panecillos El sobrecargo nos acompaña a visitar las cocinas. Son unas instalaciones amplias, pero sin salida exterior. Grandes planchas, asadores, sartenes volcantes, perolas, hornos. En días de mucho pasaje se pueden gastar 4.000 panecillos al día. Todo ese volumen de consumo implica también la existencia de largos trenes de lavado para la vajilla. Si un pasajero es observador reparará en dos cosas. La tripulación en un buque de la Tras suele ser de edad ya avanzada, y en su gran mayoría se trata de gallegos. El sobrecargo nos explica que en Galicia existe una formación permanente dedicada a la mar, ya que una parte de la sociedad vive de ella. Para trabajar en un buque hay que hacer constantemente cursos de reciclaje, poner al día la formación, y en Galicia eso es común. El trabajo en el mar consiste en las llamadas “campañas”. Un total de 65 días de trabajo seguidos, a los que siguen 35 de descanso. Es un ritmo cansado, con muchas horas extras. Pero por ley, la gente del mar puede retirarse antes que los “terrestres” como dicen ellos. Un marino se puede jubilar a los 55 o 58 años. Por eso todos siguen en su puesto de trabajo. Sala propia de la NASA A primera hora de la tarde bajamos a una zona muy desconocida por el pasaje. Las máquinas. Un ascensor te deja en una sala con un ruido atronador, hace calor y huele a aceite y combustible. El primer oficial de máquinas Eduardo Orosa nos muestra la sala de control, que parece de la NASA. Pantallas, alarmas, indicadores, todo de última generación. Aunque nos sorprenden unos ajos y unos ramos de olivo. El primer oficial se ríe. “Los gallegos decimos que haberlas haylas, y que hay gafes tan gafes que ni pronunciar su nombre puedes. Así que a ver quién quita los ajos”. Esta es una zona dura. Se trabaja con elevadas temperaturas, rodeado de combustible, y con cascos para proteger los oídos. “El problema es que te requiere unas condiciones físicas y mentales muy buenas. Por la cantidad de problemas de todo tipo que tienes que resolver al día. Desde los mecánicos que son más fáciles a los electrónicos. Hay 3.000 puntos de alarma, que en un día de mala suerte te pueden volver loco. De nosotros depende todo el barco, no sólo la propulsión, también el agua caIiente, la luz, el aire acondicionado…” Un paseo por las “calderas” del barco impresiona. Los cuatro motores de 10.000 caballos cada uno rugen como cohetes. Por todos lados hay luces, tuberías y miles de piezas. En la zona caliente están las depuradoras de combustible, en otras se encuentran la desaladora, el taller, los depósitos del agua para el lastre, el mecanismo de los estabilizadores, un largo túnel para alcanzar los motores de proa, una pala “de respeto” o recambio. Es una imagen insólita, un espacio permanente de luz artificial, de ruido y actividad. No es de extrañar que los ajos lo presidan. Aquí la buena suerte resulta preceptiva. A las 18 horas, cuando falta poco para divisar la costa de Barcelona, ya empiezan los turnos de la cena. El segundo oficial de puente Joaquín Marías nos acompaña primero a un rincón desconcertante: la prisión. Los barcos llevan dos celdas, con cuatro camas cada una, para el traslado de presos. Es un camarote como los demás, pero tiene tapado el sensor de humos y se ven algunos grafitos en la madera. Al lado, los guardias civiles cuentan con otro camarote para la vigilancia. Las celdas tienen puertas de hierro con mirilla, como en las cárceles. Recorremos las gigantescas bodegas, donde se transportan hasta 1600 metros lineales de carga. Los camiones, trincados y silenciosos, parecen gigantes fantasmagóricos mientras se escucha el retumbar de los motores. A las 20 horas se hace la maniobra de atraque. Entra un destacamento de limpiadoras mientras los camareros enfardan las sábanas sucias. Hay poco tiempo porque a las 22 horas embarcan ahora los pasajeros rumbo a Palma. Nos acompañan al puente, y nos muestran los camarotes de los oficiales. Allí, y en una pequeña sala, hacen su vida durante toda la jornada. Las habitaciones son más pequeñas de lo que imaginas, pensando en las películas de Vacaciones en el mar. Virgen del Carmen El puente es un espectáculo por la noche. Brillan las luces rojas de los controles, el verde fosforecente del radar, y al fondo los edificios iluminados del puerto. En medio de tanta tecnología, no falta la Virgen del Carmen. El capitán Iñaki Bilbao dirige “la maniobra”, el momento más importante de la jornada para un marino. Todo se hace con una cierta solemnidad, mientras suenan las voces de los prácticos por la radio. Hay una antigua belleza en las órdenes, la lentitud del barco al despegarse lentamente de tierra. “Proa a la verde”, “Estribor 10”. El timonel repite las instrucciones del capitán. “Timón a la vía”. Y todo el mundo guarda respetuoso silencio mientras el buque se desliza entre los edificios del puerto hacia un mar negro que parece inexistente. “¿Qué es más importante? La experiencia. La experiencia aquí sí es un grado. El capitán debe conocer muy bien su barco, el puerto, saber cómo reacciona el barco con según qué tiempo. A veces tienes que salir con niebla y sólo te guía el radar y tu conocimiento del puerto”. Comienza ahora una larga jornada nocturna. El primer oficial hace la guardia hasta las 24 horas. Los marineros se retiran sobre medianoche y quedan dos serenos, uno que recorre la cubierta y otro el interior. Poco después, antes de las 6, todos están de nuevo en pie. Los oficiales y los marineros para la maniobra de atraque, los camareros vuelven a recoger la ropa y hacen tareas de mantenimiento. La cocina empieza a funcionar. Los pasajeros tenemos siempre una percepción muy parcial de la complicada tarea que es mantener un barco, un pequeño mundo que flota sobre las olas. Atendido día y noche por profesionales que pertenecen a esa tercera categoría de hombres: “Los vivos, los muertos y los que están en el mar”.