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LA `BOUNTY´ DE AZORES Y GRAN SOL

    Deudas salariales, bajos sueldos y conflictos laborales entre mandos y marineros son los motivos de rebelión a bordo en el siglo XXI, como ocurrió en el `Cibeles´, el `Slebech´ y el `Urgain Bat´.    Un mes a bordo, o más, jornadas de lances y cajas de pescado de hasta 15 horas, tres temporales y 10 hombres, en 20 metros de eslora flotantes, compartiendo redes, platos y camarote. Compañeros para todo. Sin descanso ni opción a evadirse. Una llamada de teléfono, el único contacto con tierra y los suyos. Juntos pero solos. Demasiado tiempo en muy poco espacio y una vida entre marea y marea. En el fondo, la soledad de una existencia paralela al habitual suelo de hierba, piedra, baldosa o asfalto. Y celebrar años, incluso décadas, bailando al son de la marejada “quema mucho y el carácter tiende a agriarse”.   “Muchas veces estás susceptible porque las cosas en el mar no son fáciles. Es duro. Estás cansado. Siempre las mismas caras, 24 horas, y echas de menos a tu familia. Tu casa. Y los salarios ya no son como antes. No son gran cosa para el trabajo que realizas. Si el ambiente está tenso o hay problemas entre los tripulantes es peligroso porque en cualquier momento puede estallar. No ocurre muchas veces pero si se llega a este extremo… en un barco, en medio del océano, puede pasar de todo si no hay alguien que sepa calmar la situación. Allí no hay vecinos ni policía para separarte. Ni cámaras que graben lo que ocurre”. Son palabras de marineros con años de experiencia en aguas de Gran Sol. Lo ocurrido el lunes a bordo del Zamorano Primero es sólo un ejemplo del límite al que puede llegar un ser humano cuando algo no va bien a bordo. Según la versión aportada por el patrón de la embarcación y a la espera de contrastar los hechos con el testimonio de todos los hombres embarcados en el espadero a 180 millas de las Azores, José Andrés Rodríguez Cornide, mecánico del pesquero, prendió fuego en la sala de máquinas, agredió al patrón, encerró al resto de compañeros y luego se tiró. Todo ello supuestamente, respetando la presunción de inocencia de una persona desaparecida, sin opción a defenderse de tales acusaciones.   Dos siglos después del motín más conocido por la tiranía del capitán Bligh y la insurrección de Christian llevadas a la pantalla, el de la Bounty, la historia demuestra que las rebeliones a bordo no atienden a épocas, ni a países ni a oficios. No hay tanto de ficción en los brillantes papeles de un Marlon Brando o un Clarke Gable fuera de sí. Fue real y es real. Sigue ocurriendo. Los casos más recientes que han trascendido a los medios de comunicación son los de los pesqueros Slebech, Cibeles o Urgain Bat. Por causas más prácticas, si cabe. Salarios bajos o pagos atrasados. En definitiva, cuentas y ajustes de cuentas fueron los motivos del amotinamiento de la tripulación en estos barcos.   Una forma de hacerse escuchar. Como una manifestación o una huelga pero a bordo y sin pancartas ni megáfonos. Sólo hechos, con amenazas y a veces agresiones. La Justicia por la mano. Pero la tragedia absoluta es cuando aparece la muerte. Los primeros testimonios sobre lo acontecido en el Zamorano Primero no hablan de motín ni protesta sino de un momento de enajenación mental de uno de los tripulantes. Presuntamente, se encaró al patrón y luego se suicidó.   El Zamorano trae a la memoria el caso del atunero Sant Yago I, con base en Bermeo. En agosto de 2004 perdió a uno de sus hombres en aguas del Golfo de Guinea: el marinero de Ribeira Francisco Dávila Oubiña, de 44 años. Desapareció de cubierta durante la noche. El barco siguió su rumbo. La familia tardó días en recibir una llamada de la armadora para comunicar lo sucedido. La esposa del fallecido exigió abrir una investigación. Conocía a su marido y descartaba un suicidio.