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LA CIENCIA NÁUTICA

    Uno de los principales motores del avance científico que se observa en el siglo XVI arranca de la labor realizada por los filólogos humanistas con los textos de autores clásicos griegos como Euclides, Galeno, Ptolomeo, Aristóteles, Arquímedes, Estrabón, etcétera, cuya obra o bien era completamente desconocida en Occidente, o bien se había transmitido fragmentariamente, de forma indirecta y, en el mejor de los casos, en traducción latina.   El acceso a estos textos en su lengua original, el griego, a partir del XIV, permitió a los humanistas un conocimiento más profundo de las fuentes y facilitó la realización de nuevas traducciones que alcanzaron amplia difusión gracias al simultáneo desarrollo de la imprenta desde mediados del XV. Un buen ejemplo de esto es la traducción al castellano a partir del original griego del tratado de botánica del griego Dioscórides que realiza Andrés Laguna. Esta dedicación del humanismo a la ciencia antigua explica que, pese al progreso constante de las lenguas nacionales, el latín siga siendo, durante gran parte de la historia europea moderna, el idioma científico universal (Newton escribió todavía en latín). Su dominio era una baza importante en la Europa del Siglo de Oro, sobre todo porque garantizaba el acceso sin fronteras a conocimientos especializados y permitía expresar una idea con una precisión de la que carecía la lengua vulgar. No obstante, es de reseñar que casi todos los autores de los textos analizados se planteen ya el uso de la lengua vulgar para favorecer la difusión de los conocimientos en ellos transmitidos, lo que demuestra no sólo la labor de divulgación realizada, sino el interés que suscitaban estos temas en amplios círculos de estudiosos. Esto explica también que cuando una obra española se imprime en el extranjero se traduzca del castellano a la lengua del país donde se imprime (salvo en el caso del tratado sobre anatomía de Valverde de Amusco que se traduce del castellano al latín).   En cualquier caso, la principal aportación de esta obras es su carácter pionero a la hora de establecer un vocabulario técnico castellano que contribuye al enriquecimiento de la lengua y marca un camino de no retorno en el tratamiento de las ciencias en las respectivas lenguas nacionales, un camino similar al que dio Galileo cuando redactó en italiano sus obras, con gran escándalo de sus contemporáneos.                                                           Pero si el latín humanista acabó perdiendo la exclusividad del tratamiento científico, más temprana fue aún la crítica a los postulados de la ciencia antigua. Las fuentes consideradas como autoridad fueron divulgadas por la imprenta por toda Europa en ediciones y traducciones de gran calidad, lo que en una primera fase permitió difundir y divulgar los conocimientos sobre disciplinas científicas.   El análisis de estas fuentes permitió entonces constatar las contradicciones en que incurrían en muchos casos, bien por desconocimiento de sus autores, bien por la endémica limitación de la ciencia griega, basada en presupuestos teóricos y enemiga de toda aplicación o experimentación, que le habrían permitido revisar conceptos que se transmitieron como falsos durante siglos. Esto trajo consigo una crisis del criterio de autoridad de la tradición clásica como base del conocimiento científico y permitió que los estudiosos modernos tomaran la iniciativa a la hora de solventar determinados problemas para los que la autoridad del autor antiguo se veía ahora claramente en entredicho. Se analizaron cuestiones que los antiguos desconocían o habían ignorado y se realizaron rectificaciones y críticas basadas en la observación y experiencia directa de la realidad.   Como es sabido, una simple lente de aumento bastó a Galileo para desmentir la supuesta perfección de la esfera lunar aristotélica y descubrir los cráteres de su superficie, algo que se resistían a admitir los filósofos escolásticos de su tiempo pese a la propia evidencia de sus ojos. Este proceso se manifestó con claridad en algunas materias como la geografía, la medicina o la historia natural. La conciencia de superioridad de lo moderno frente a lo antiguo condujo a la idea de progreso en otras áreas técnicas como la arquitectura, el arte militar, la navegación, la cirugía, el beneficio de los minerales o la terapéutica, sobre las que López-Piñero (1979) realiza un análisis más extenso.   El humanismo geográfico se centró en la recuperación de la Geografía de Ptolomeo, el gran astrónomo y geógrafo, cuyo texto circuló manuscrito desde el siglo XV en traducciones latinas. La obra, tomada como criterio de autoridad frente a otros autores, tuvo implicaciones en el desarrollo de la geografía matemática o astronómica y en la cartografía.   Dentro de esta corriente humanista cabe destacar la obra de Nebrija In Cosmographiae libros introductorium (1499), compendio muy estimado dentro y fuera de España, y la edición crítica de Hernán Núñez de Guzmán del De Cosmographia de Pomponio Mela (Salamanca, 1543). Sin embargo el descubrimiento de América supuso el primer choque con la autoridad tradicional de los clásicos sobre materia geográfica. Ptolomeo había insistido en la existencia de tres continentes, Europa, Asia y África, e ignorado la existencia del Nuevo Mundo.       Los nuevos descubrimientos y la navegación por alta mar potenciaron igualmente el desarrollo de la náutica, basada esencialmente en la cosmografía y la astronomía, y muy ligada a la geografía. Los viajes cortos por el Mediterráneo no requerían de técnicas especiales de navegación pero para que los viajes de exploración por el Atlántico fueran empresas de éxito, fue necesario configurar las incipientes técnicas y sistematizarlas en una serie de reglas bajo la denominación de «Arte de navegar». La gran institución que centralizó la actividad náutica fue la Casa de Contratación de Sevilla creada en 1508, que era responsable de la formación de pilotos y de fijar las cartas y los instrumentos necesarios para la navegación. El primer texto sobre náutica impreso en España fue la Suma de geographia que […] trata largamente del arte de marear, del sevillano Martín Fernández de Enciso (1519), que dedica una gran parte del libro a las descripciones geográficas del Nuevo Mundo donde vivió muchos años. No obstante hasta el año 1545 no se publica el primer tratado sistemático sobre esta disciplina que logre superar el carácter de manual escolar de las obras que le preceden. Nos referimos al Arte de Navegar (Valladolid, 1545) de Pedro Medina, cosmógrafo adscrito a la Casa de Contratación, quien consagró toda su vida a tareas relacionadas con la náutica. La obra alcanzó una gran difusión en Europa con quince ediciones en francés, cinco en holandés, tres en italiano y dos en inglés.   Este mismo impulso favorece el desarrollo de otras actividades estrechamente ligadas a la náutica, como la traza de las naves y el arte de hacer cartas o la cartografía, en las que la experiencia más que los presupuestos teóricos será lo que garantice su efectividad.   El estudio de historia natural constituye uno de los aspectos más destacados de la actividad científica española del siglo XVI. Pero lo mismo que sucedió en otras áreas científicas, la corriente humanista contribuyó a superar los enfoques medievales. La labor filológica llevada a cabo por humanistas como Nebrija y Hernán Núñez de Guzmán permitió depurar los textos clásicos de historia natural (un ejemplo de su actividad lo constituye su edición de la obra de Plinio, Observationes in loca obscura aut depravata historiae naturalis, editada en Salamanca en 1544). Pero a medida que se amplía el horizonte geográfico y se incorporan nuevas realidades, los textos clásicos dejan de ser un referente de autoridad. De nuevo será la observación directa o la aplicación práctica la que permita superar las teorías tradicionales. La principal contribución de los naturalistas españoles de la época fue incorporar a la ciencia europea las realidades americanas sin que por ello se desatendieran los estudios consagrados a la fauna y flora metropolitanas. A una primera fase descriptiva, en la que son fundamentales obras de cronistas como Gonzalo Fernández de Oviedo para la descripción de América, le siguió otra más analítica en la que destaca la figura del médico sevillano Nicolás Monardes, cuya principal aportación fue su Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales (1574). Los estudios sobre plantas y animales atrajeron el interés de disciplinas muy diferentes. El estudio de la naturaleza realizado desde perspectivas médicas tuvo una importante aportación con la traducción y comentario de la obra De Materia Medica de Dioscórides, de Andrés Laguna. La agricultura y la albeitería, aunque con objetivos diferentes, también se preocuparon de su estudio y desarrollo.       De todas las actividades prácticas la medicina ocupa un lugar destacado por su tradición clásica y por su relación con las áreas teóricas y prácticas: no debemos olvidar que la ciencia de la medicina fue el principal motor de los estudios sobre historia natural, astrología y filosofía natural.   El estudio de la medicina tiene dos grandes ámbitos. Por un lado el relativo al conocimiento del cuerpo humano y por otro el relativo al conocimiento de las enfermedades, su tratamiento y prevención.   La aproximación humanista a los textos de Galeno fue la raíz directa de la reforma de Vesalio que impuso un saber anatómico basado en la observación directa de los cadáveres humanos. Un lugar destacado en este ámbito lo ocupa el libro Anatomica methodus (1535) de Andrés Laguna, en el que critica el método tradicional de enseñar anatomía. Poco después, en 1543, Vesalio publica su Fabrica y el Epitome, que marcan el inicio de una nueva forma de observación anatómica basada en el estudio directo y disección de cadáveres humanos. Dentro de la corriente vesaliana, pero más vinculado a la evolución de esta disciplina en Italia que al movimiento médico español, hay que mencionar la obra de Juan Valverde de Amusco Historia de la composición del cuerpo humano, impresa en Roma en 1556. La concisión y claridad del tratado lo convirtieron en el de mayor difusión en toda Europa con traducciones al italiano (1559), al holandés y al latín (1566).   El estudio de las patologías y su terapia estaba marcado en España por la transmisión de la doctrina de Galeno a través de inexactas traducciones medievales y árabes. El médico Andrés Laguna abordó los textos de forma crítica, eliminando los errores de transmisión, y los tradujo al latín. La principal aportación en este sentido es su Epitome omnes omnium Galeni Pergameni operum, obra impresa en 1548, muy apreciada en toda Europa y reeditada siete veces. Otras figuras relevantes por su sentido crítico son Francisco Vallés, Cristóbal de Vega y Fernando Mena, cuyas obras contribuyen a la evolución de la ciencia médica en España. Para tener un sentido amplio de lo que supuso la medicina en el siglo XVI hay que considerar otras trayectorias diferentes como la que siguieron la clínica, la cirugía, la higiene y la terapéutica medicamentosa.       La arquitectura y la ingeniería son actividades prácticas que florecieron en el siglo XVI. Éstas se ocupan de los problemas de construcción y realización de ingenios de aplicación civil, como relojes y autómatas, y el arte militar que comprende cuestiones de carga, tiros y puntería, fabricación de armas, proyectiles y pólvoras, fortificación y construcción y manejo de una amplia gama de ingenios de aplicación militar. Los representantes más destacados del siglo XVI son Juanelo Turriano y Juan de Herrera a quien se debe el diseño de el Monasterio de El Escorial. Pero junto a estas obras señeras hay que citar algunos tratados técnicos basados en la experiencia que arrancan de la obra de Diego Sagredo, Medidas del Romano, que es una adaptación de la obra de Vitrubio. Sagredo residió durante algún tiempo en Italia donde adquirió alguna experiencia en el diseño de planos arquitectónicos. La obra fue publicada por primera vez en 1526 y en menos de un siglo se reeditó doce veces, seis en castellano y seis en francés. Con posterioridad se publicaron en castellano tratados de arquitectura italianos como los de Leon Battista Alberti y Serlio.   En el siglo XVII se intenta superar la separación tradicional entre ciencia y técnica. Uno de los principales protagonistas de la introducción de las ideas modernas relativas a los saberes matemáticos, astronómicos y físicos fue Juan Caramuel, a quien en puridad no se puede considerar como un profesional de la ciencia. El interés que suscita su obra no es tanto por sus aportaciones creadoras sino porque se convirtió en puente de comunicación entre las corrientes modernas europeas y el ambiente científico español. Su labor matemática dependió estrechamente de Descartes. Su física continúa siendo filosofía natural pero en abierta ruptura con los clásicos. Desde el punto de vista arquitectónico su obra Architectura civil 1678 no tuvo muchos seguidores y sus diseños solo se siguieron en la catedral de Vigevano.   De todas formas, esta revisión de los modelos clásicos no implica que se superara la tradicional división del saber científico en dos ámbitos de actuación diferentes, uno formado por saberes de carácter teórico o especulativo —entre los que están la filosofía natural, las matemáticas, la cosmografía y la astrología, la geografía y la historia natural— y el otro, constituido por actividades de carácter práctico —la medicina, la arquitectura, la náutica, la cartografía, la agricultura, etcétera—, independientes de los saberes teóricos que surgen para resolver una serie de necesidades sociales y son resultado de la experiencia y la aplicación práctica. Esta ordenación tiene su punto de partida en la distinción entre ars (la téchne griega) y la verdadera ciencia (la episteme griega) propia de la antigüedad clásica grecolatina, que sentía aversión por el trabajo manual frente a la dedicación filosófica, a la que consideraba el culmen de la formación intelectual.