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EL BERGANTÍN «HABANA»

El «Habana» según G. González, en una imagen de «De tradiciones y fiestas», libro editado por Amigos de Ribadesella. reproducción ramón capín rama   RAMÓN CAPÍN RAMA   Es bien sabido en Ribadesella que el bergantín «Habana» está íntimamente ligado a la historia de esta villa. Aunque han sido innumerables los buques que han atracado en los muelles del puerto, ninguno como éste ha dejado una huella tan indeleble de la memoria de las gentes. A través de estas líneas intentaremos recordar algunos aspectos que justifican esta circunstancia.   Si bien la emigración de riosellanos al continente americano se remonta a la época del Descubrimiento, sin embargo sería en el siglo XIX cuando el número de emigrantes se incrementaría de manera especial y en ello iban a influir diferentes factores.   Durante este siglo era habitual que la prole de una familia alcanzase la cifra de diez o doce hijos. Esto originó un gran aumento demográfico en el Principado de Asturias, gravemente afectado por cosechas muy deficientes y por un aumento del coste de vida. Además, el larguísimo servicio militar de entonces, agravado por los conflictos bélicos carlistas, coloniales y marroquíes, que provocaban gran mortandad, hacía que muchos jóvenes buscasen cualquier medio de abandonar la Península. En este contexto, Ribadesella vino a convertirse en el principal centro de emigración a América del oriente de Asturias.   Desde principios del siglo XIX, numerosos barcos arribaban al puerto riosellano para la carga de mercancías y pasaje para América. Es el caso de las fragatas «Paquita» y «Perla»; la goleta «Julia»; las corbetas «Tuya», «Flora», «Angelita», «Villa de Gijón» y «Eusebia»; y los bergantines «San Mamés», «Villa de Avilés», «Juanita», «Flavia», «San Andrés», «Francisca», «Peñacastillo», «Ría del Eo», «Favorita» y, especialmente, el «Habana».   Los veleros de tipo bergantín hicieron su aparición en el siglo XVIII, y, por sus buenas cualidades de navegación, serían los más utilizados tanto para carga como para pasaje durante los siglos XVIII y XIX. Se sabe poco acerca de las características del bergantín «Habana»; se desconocen su eslora, manga, puntal, calado, etcétera. Según versión del artista riosellano Guillermo González (véase la foto), el «Habana» presentaría dos palos -mayor y trinquete- con un velacho entre ambos; botavara y pico de cangreja en el mayor; gavias, juanetes y vela mayor, así como foque, petifoque y contrafoque sobre el botalón del bauprés. Se cree que fue construido en los astilleros del Cadagua en la ría de Bilbao por encargo del armador Melintón González, de Gijón, y fue botado en 1858. En 1862 fue adquirido por la sociedad riosellana Prieto y Sánchez, S. L. Soportaba una carga máxima de 250 toneladas, y su tripulación normalmente constaba de un capitán, un piloto, dos agregados de puente, un contramaestre, ocho marineros de maniobra, un carpintero, un sanitario, un cocinero, un ayudante de cocina, dos marmitones, un grumete y, en algunos viajes, un capellán para la asistencia religiosa. El bergantín «Habana» tuvo su base en Ribadesella entre los años 1862 y 1875, haciendo la ruta a la isla de Cuba (por entonces colonia española) casi ininterrumpidamente, lo cual, según indica Jaime Álvarez Rivero, «tejió toda una leyenda que aún perdura, a pesar del tiempo transcurrido».   A lo largo de su corta vida náutica (diecisiete años) tuvo como capitanes a tres marinos gijoneses: Miguel Valdés Busto, Ramón Delor y, finalmente, Sergio Piñole. Si bien en un principio la mayoría de la tripulación estaba compuesta por gijoneses, vascos y luanqueses, a partir de la compra del barco por la compañía riosellana fueron varios los marinos locales que se enrolaron como tripulantes. Jaime Álvarez nos proporciona los nombres de los riosellanos que participaron en las últimas singladuras del «Habana», a saber: Celestino Arias, alias «Celes»; Juan Estanislao, alias «el Tuertu»; Ramón Rodríguez, alias «el Coronel»; Manolín García, alias «Barquera»; José Álvarez, alias «Bichuchu»; Ramón Berbes, alias «el Conde»; Toñín Junco, alias «Mirlotu». Y durante los días de amarre en el denominado muelle de la Barca, el bergantín quedaba bajo la vigilancia del celador Ezequiel Barbas, alias «el Tatu».   La partida del bergantín con destino a Cuba constituía todo un acontecimiento en Ribadesella. Desde la víspera, se observaba en la villa un enorme trasiego de forasteros que acudían a despedir a sus parientes y amigos. Eran tantos, que las fondas no podían acogerlos, de modo que los vecinos se encargaban de proporcionar alojamiento. Al final del paseo de la Grúa se celebraba un baile en honor de los viajeros que partían para ultramar.   Era frecuente oír por las calles habaneras referentes al viaje, por ejemplo:   De Guanabacoa la bella   en una alegre mañana,   con rumbo a Ribadesella   salió el bergantín «Habana».   Y también:   Somos los marineros   del bergantín «Habana»   que salimos mañana   para ultramarÉ   A eso de las cinco o las seis de la madrugada, con todos los pasajeros ya a bordo, el barco era remolcado en sirga por las parejas de bueyes de la plantilla del puerto, que lo arrastraban hasta la barra. Allí los bueyes eran sustituidos por la trainera del Gremio de Mareantes, que lo ataban hasta la peña denominada el Caballu, donde el buque desplegaba su velamen y ponía rumbo a Cuba. Juan José Pérez Valle apunta que se observaban «escenas de gran emotividad cuando la lancha remolcaba el bergantín hasta la bocana del puerto para verlo después perderse en la lejanía». Sin duda alguna, ¡cuántas lágrimas se derramarían viendo alejarse el velero desde la costa y viendo alejarse la costa desde el velero!   Cada viaje transportaba a ciento cincuenta y dos pasajeros. De los más de mil quinientos emigrantes que se embarcaron en el «Habana» con destino a Cuba, se calcula que unos trescientos eran riosellanos. En su mayoría se trataba de jóvenes campesinos de escasos recursos económicos, con frecuencia rayando en el analfabetismo, que partían con la esperanza, a veces frustrada, de hacer fortuna. Una gran parte era reclamada por algún familiar o conocido mediante la denominada «carta de reclamación», sin la cual no era posible subir a bordo. Muchas veces se veían obligados a solicitar un préstamo para poder abonar los 1.400 reales que costaba el pasaje más económico.   Existían tres clases para el pasaje: cámara, antecámara y sollado, siendo ésta última la clase económica. Las condiciones del pasaje eran establecidas por el Alcalde y el armador en escritura pública, en la cual se mostraba la lista de pasajeros, así como las obligaciones del armador y el capitán del barco, los derechos y deberes de los pasajeros, el coste, etcétera. Asimismo, las autoridades sanitarias levantaban acta de los alimentos y bebidas que se cargaban a bordo. Entre las obligaciones del pasaje estaban el guardar un comportamiento educado, mantener la urbanidad e higiene posibles, así como acatar las normas dadas por el capitán. Entre las obligaciones del armador y del capitán estaban el dar un trato correcto al pasaje, prestar asistencia sanitaria en caso de necesidad y proporcionar una alimentación sana, la cual se distribuía según se indica a continuación.   Para el pasaje de cámara y antecámara: desayuno con café, té o chocolate. Almuerzo a base de dos platos variados, que podían ser de arroz, alubias, bacalao, patatas con carne (cecina) o pescado de salazón, además de postre y vino. Cena con sopa de arroz o pasta, olla de potaje (patatas con carne y tocino), postre y vino. Para el pasaje de sollado: desayuno de aguardiente con galletas. Almuerzo a base de dos platos que podían ser de bacalao con patatas, arroz o patatas con carne (cecina) o alubias. Cena con olla de potaje. Por pan se daba la tradicional galleta de pan ácimo. El agua potable estaba a libre discreción de todo el pasaje, aunque sólo se utilizaba para beber, pues el aseo personal se realizaba con agua de mar.   La vida a bordo estaba regulada por el toque de campana. Las estancias en cubierta para los pasajeros de sollado estaban sujetas a horarios fijos, en turnos de no más de cincuenta viajeros; cuando no estaban en cubierta, debían permanecer en sus aposentos. Los pasajeros de cámara y antecámara, mucho más reducidos en número, estaban exentos de estos turnos y podían permanecer en cubierta todo el día, siempre que las condiciones meteorológicas lo permitiesen.   Cuando había temporal, todos los pasajeros estaban obligados a permanecer encerrados en sus compartimentos. Las letrinas, ubicadas en cubierta, se cerraban los días de tormenta y eran sustituidas por cubos de madera cuyo contenido se vertía por la borda.      Qué mejor modo de retomar nuestro viaje por la historia del bergantín «Habana» que a través de un documento de la época. Jaime Álvarez Rivero nos proporciona un fragmento de la carta de un emigrante asturiano en Cuba, en la que relata su primer viaje a la isla caribeña (con el fin de garantizar el anonimato y de no dañar posibles sensibilidades, hemos limitado los nombres a las iniciales):   «Querida madre: Me alegraré que se encuentre bien, como yo, a Dios gracias.   »Sabrá que llegamos bien y que M y yo estamos trabajando en casa del tío R, en el pueblo de Mayajigua.   »El viaje en barco lo pasamos regular. La vida la hacíamos en la bodega y dormíamos sobre una colchoneta en el suelo, y para subir a la cubierta, a la hora del rancho, teníamos que guardar turno. Al poco de salir, ya empezamos a sentir vómitos; yo no comí apenas nada en unos cuantos días. A M el mareo le duró todo el viaje, y el rancho apenas lo probó.   »Lo peor fue en una tormenta que nos cogió unos días antes de llegar y que tuvimos que pasar encerrados con mucho calor y echaos en la cama. Casi todos volvimos a mareanos. El que peor lo pasó fue M, que no comió casi nada en todo el viaje y el sanitario le dio a beber un brebaje que nos dijo que era agua de láudano, y que sabía a rayos, pero, gracias a Dios, resistió hasta llegar. Pero yo bien creí que se nos moría sin ver Cuba. Yo llegué bien, pero M parecía un difunto. Esto no se lo contéis a B, su madre, para no disgustarla, pues ahora ya le pasó todo y está bien de salud y trabajando.   »Al poco de llegar al puerto, el tío R vino a buscarnos para traernos al pueblo, donde ahora estamos trabajando y con salud.   »Madre, diga-y a mi hermana F que me acuerdo mucho de ella y que (É)».   Como podemos ver por la carta, las travesías a América en el siglo XIX podían llegar a convertirse en verdaderos calvarios.   El viaje a través del océano Atlántico estaba condicionado a los vientos más o menos favorables, de modo que la travesía podía durar desde un mes, en el mejor de los casos, hasta dos meses y medio, en el peor. Una vez llegados a La Habana, los pasajeros tenían que pasar varios días de internamiento preventivo en una estancia del puerto, durante los cuales eran sometidos a reconocimiento médico. Una vez superado éste, los parientes o amigos establecidos en la isla debían presentar un aval por el cual se hacían cargo de los pasajeros que habían sido requeridos en la carta de reclamación, citada en nuestro anterior artículo. A continuación, las autoridades coloniales facilitaban a los emigrantes una carta de residente, conocida como la «cédula», que les permitía establecerse legalmente en la isla.   Los emigrantes que, transcurrido un cierto tiempo, no eran avalados por ningún residente, acababan siendo acusados de intento de emigración ilegal, con la consiguiente repatriación forzosa a cargo del Estado. Esto podía conllevar una pena de cárcel o bien un servicio militar extremadamente largo, ya sea en España o en alguna de las colonias. Ante esta situación, la picaresca no estaba ausente, pues había quien se aprovechaba de las circunstancias para ofrecer el aval a algún inmigrante y conseguir así mano de obra barata y sometida a la explotación laboral. En estos casos, el avalista con frecuencia se quedaba con la cédula para evitar que el trabajador pudiese cambiar de patrón.   Una vez instalados legalmente en Cuba, en ocasiones, las esperanzas de hacer fortuna acababan frustrándose, pues lo cierto es que la riqueza no iría a parar sino a manos de unos pocos privilegiados. La mayoría se tenía que conformar con subsistir. Algunos acabarían regresando a España y otros formarían una familia en la isla y se quedarían para siempre.   La primera arribada del bergantín «Habana» a Ribadesella tuvo lugar en 1862. Desde el momento en que alguien avistaba las velas del «Habana» en alta mar, la gente acudía a la Grúa a recibirlo. Frente a la playa de Santa Marina, varias embarcaciones a remo salían para abordar el barco. La trainera del gremio de mareantes lo atoaba hasta la bocana del puerto, donde era remolcado en sirga hasta su fondeadero en el muelle.   Para el remolque se utilizaban como puntos de apoyo para los cabos de la sirga los llamados «rulos de retorno», esto es, pilares cilíndricos de piedra que aún hoy existen en el paseo de la Grúa, en los que se observan las marcas provocadas por el roce de los cabos. Asimismo, parte del paseo de la Grúa presenta un empedrado de cantos rodados que fueron colocados para favorecer el apoyo en el tiro de los bueyes.   El fallecido cronista local Guillermo González (en un tiempo, emigrante en Cuba) describe así la arribada del bergantín: «La Grúa era un hormiguero humano: en todos los rostros se reflejaba una dulce alegría, y especialmente en aquellos que vieron a sus deudos partir un día hacia el país lejano, y ávidamente veían que era una realidad que los seres tanto tiempo añorados muy pronto volverían a estar en sus brazos». Si a la ida los viajeros tenían que someterse a un examen médico en los muelles de La Habana, también al volver tenían que pasar un reconocimiento médico y una desinfección general en la estación sanitaria del puerto, ubicada en lo que hoy es el Centro de Formación del Consumidor, al final de la Grúa.   A la noche, en honor de los viajeros y la tripulación, se celebraba la arribada del «Habana» con una animada verbena en la llamada Alameda, donde hoy se encuentra el Colegio Público Fernández Juncos. Oigamos de nuevo la descripción de Guillermo González: «En estos bailes, la animación era grandísima. Había que ver a las viejitas que acudían a presenciarlo, muchas de ellas luciendo refajo colorado, que algunas sujetaban con tirantes; los forasteros; los americanos, de traje blanco y jipi; la tripulación del barco, las hermosas riosellanas y todos los chiquillos del pueblo, como siempre, haciendo alguna diablura (éstos, tanto a la llegada como a la salida del bergantín, tenían dos días sin clase)».   Tampoco faltaban en estos casos las populares habaneras alusivas a la vuelta del «Habana»:     Esta noche en la Alameda   hay un baile de candil   que lo pagan los marinos,   los marinos del bergantín…       Y también:     Anoche, en la Alameda,   los marineros del bergantín   cantaban una dancita,   una dancita que decía así:   Dame un besito,   dame un abrazo,   que a mí me gusta   tu fino trato.   Dame un abrazo,   dame un besito,   que a mí me gusta   tu cuerpecito.   Anoche los marineros   los marineros esos del ros,   ofrecían corazones,   plata y doblones y qué sé yo.   El día 1 de octubre de 1872, el bergantín «Habana» realizaba su última singladura a Cuba desde Ribadesella, un viaje que sería el preludio de su fin. A su retorno, durante un tiempo fue utilizado como barco de cabotaje para transportar sal, pero la competencia de los vapores acabaría siendo despiadada con los veleros. Finalmente, el 25 de abril de 1875, este bergantín tan arraigado en la vida riosellana fue vendido para desguace, y, unos días más tarde, era remolcado a Gijón para terminar allí su corta pero intensa vida de navegación.   Jaime Álvarez Rivero comenta que «lamentablemente, no se ha conservado ninguna reliquia como testigo de su memoria, ni la campana de a bordo, ni la caña del timón, ni siquiera un simple trozo de madera de las amuras». Así pues, sólo nos quedan retazos de la impronta dejada por el bergantín «Habana» en esta villa, verdadera «belle epoque» en la historia de Ribadesella.   Pero el recuerdo de este entrañable velero nunca se perdería. Por el contrario, desde entonces forma parte de la vida del pueblo, ya que, poco tiempo después de su desaparición, se concedió al bergantín «Habana» el honor de figurar en el escudo oficial de Ribadesella. En 1892, el Ayuntamiento riosellano convocó un concurso de bocetos para el escudo; el presentado por los funcionarios municipales Francisco Gutiérrez y David Alonso fue seleccionado, y desde entonces el bergantín «Habana» comparte con la Cruz de la Victoria el blasón de Ribadesella y su concejo.   De este modo, al ver nuestro escudo, los riosellanos podemos imaginarnos los multitudinarios bailes que celebraban las partidas y arribadas del bergantín, el bullicio de forasteros pululando por la villa, los remolques a la sirga por el paseo de la Grúa, la trainera del gremio de navegantes atoando el velero hacia alta mar, los pañuelos despidiendo a familiares y amigos, las muchas lágrimas derramadasÉ ¡Romántica estampa donde las haya!