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Francisco de Cuéllar, un capitán de la Marina Civil al servicio de la Armada Invencible.

El capitán Cuellar, era sin lugar a dudas marino civil, puesto que los marinos de guerra, los guardia marina, no habían nacido aún. Sin embargo, en su aparente resurrección, después de haber permanecido durante varios siglos en el severo olvido de la España tradicionalista, se intenta revestir al personaje de una patina militarista que suele ir acompañada de un presumible intento de patrimonialización. Ya no se le llama despectivamente marinero, ahora ya es marino y si es posible de origen noble. Como la Marina Civil ni ha existido ni existe, un personaje así solo podía ser una figura relevante en el seno de la gloriosa Armada Española. ¡ Qué triste ¡

Algunos datos sobre el capitán -Cuellar.

No son conocidos ni el lugar, ni la fecha de nacimiento del capitán Cuellar. Como muchos de los jóvenes de su época probablemente participó en campañas militares, pero pronto inició su carrera como marino civil- en aquella época no había marinos de guerra- y navegó en la nao Santa Catalina a las órdenes del capitán asturiano, Diego Flores de Valdés en la flota que éste llevó al Estrecho de Magallanes, con el fin de fortificar la zona para protegerla de los frecuentes ataques de las potencias enemigas de España. Navegó posteriormente a las costas de Brasil, interviniendo en la expulsión de los colonos franceses que se habían asentado en las castas de Parayba. Como marino pasaría más tarde a navegar en el archipiélago de las Azores bajo el mando de Álvaro de Bazán.

 

Carta del Capitán de la Marina Civil,  Don Francisco de Cuéllar

 

La carta que aquí se reproduce es copia del manuscrito que se encuentra en la Real Academia de Historia bajo la siguiente signatura: MS N-7.

 

No se trata de un documento original, sino de un conjunto de copias realizadas al menos por 5 manos diferentes y probablemente  no en el mismo periodo de tiempo. Especialmente la última pagina ofrece serias dudas.

 

La mano nº 1 escribe 4 páginas, (1,2,3,y 4)

 

La mano nº 2 escribe 4 páginas (5,6,7,y 8)

 

La mano nº 3 escribe 4 páginas (9,10,11 y 12)

 

La mano nº4, escribe 8 páginas (de la 13 a la 20)

 

La mano nº 5, escribe tan solo la última página, la 21.

 

 Es probable que alguno de los 21 documentos sea original.

 

La última página es posterior en el tiempo a las restantes.

La carta no va dirigida a nadie en concreto.

Creo se admirará V. m. [Vuestra merced] viendo esta carta, por la poca seguridad que se puede haber tenido de que yo soy vivo, y porque dello sea V. m. bien cierto, la escribe, y algo
larga, porque hay harta causa para que lo sea, por los muy grandes trabajos y infortunios que por mí han pasado desde que salió la Armada de Lisboa para Ingalaterra, de los cuales Nuestro Señor, por su voluntad infinita, me ha librado; y porque no he hallado ocasion más há de un año para escribir á V. m., no lo he hecho hasta agora, que Dios me ha traído á estos estados de Flándes, donde llegué habrá doce días con los españoles que escaparon de las naos que se perdieron en Irlanda y Escocia y Setelanda, que fueron más de veinte, las mayores de la Armada, en las cuales venía mucha gente de infantería muy lucida, muchos capitanes y alférez y maesos de campo y otros oficiales de guerra, muchos caballeros y otros mayorazgos, de todos los cuales, que serian más de docientos no se escaparon cinco cabales, porque murieron ahogados, y los que nadando pudieron venir en tierra, fueron hechos pedazos por mano de los ingleses que de guarnición tiene la Reina en el reino de Irlanda. Yo me escapé de la mar y destos enemigos por encomendarme muy de veras á Nuestro Señor y á la Vírgen Santísima madre suya, con trecientos y tantos soldados que también se supieron guardar y venir nadando á tierra, con los cuales pasé harta desventura, desnudo, descalzo todo el invierno, pasado más de siete meses por montañas y bosques, entre salvajes, que lo son todos en aquellas partes de Irlanda donde nos perdimos, y porque me parece que no es bien dejar de contar á V. m., ni que se queden atrás la sinrazón y tan grandes agravios que tan injustamente y sin haber en mi falta de no haber yo hecho lo que me tocaba me quisieron hacer, de lo cual me libró Nuestro Señor, habiéndome condenado á muerte, romo V. m. habrá sabido, y tan afrentosa, y viendo el rigor con que se mandaba poner por ejecución, pedí con mucho brio y cólera la causa porque se me hacía tan grande agravio y afrenta, habiendo yo servido al Rey como buen soldado y leal vasallo suyo en todas las ocasiones y reencuentros que tuvimos con la Armada del enemigo, de las cuales salía siempre el galeón que yo llevaba muy mal parado, y muerta y herida mucha gente. En él pedí se me diese traslado deste mandato y que se hiciese información con trecientos y cincuenta hombres que había en el galeón, y que si alguno me pusiese culpa, me hiciesen cuartos. No me quisieron oir, ni á muchos caballeros que por mí intercedieron, respondiendo que el Duque estaba en aquella sazon retirado y muy triste, y que no quería que nadie le hablase, porque ademas del ruin suceso que tuvo siempre con el enemigo, aquel día de mi trabajo le dijeron que los dos galeones San Mateo y San Felipe, de los de Portugal, en que iban los dos maesos de campo D. Francisco do Toledo, hermano del Conde de Orgaz, y D. Diego Pimonte, hermano del Marqués de Távara, se quedaban perdidos en la mar, hechos pedazos y muerta casi la mas de la gente que traían, y á esta cansa, con el hecho se retenia el Duque en su cámara y los consejeros hacian sinrazones á diestro y siniestro por enmendar su avieso, ó las vidas y honras de los que no tenian culpa, y esto es tan público, como lo sabe todo el mundo. El galeón San Pedro, en que yo venía, recibió mucho daño con muchas balas muy grueque el enemigo metió en él por muchas partes, y aunque se remediaban luego lo mejor que podia ser, no dejó de quedar algun balazo encubierto, de suerte que por allí hacía mucha agua, y despues del bravo combate que tuvimos en Caliz Calés, que duró desde la mañana hasta las siete de la tarde, que fué el último de todos á los 8 de Agosto, yéndose nuestra Armada retirando, ó no sé cómo lo diga, se iba el Armada de nuestro enemigo á nuestra cola hasta echarnos de sus tierras, y cuando lo hubo hecho, seguro del todo, que fué á 10 del dicho, y visto que el enemigo se quedaba, algunos navios de nuestra Armada aderezaban y remendaban sus daños, y este día, por mis grandes pecados, estando yo reposando un poco, que había diez días que no dormía ni paraba por acudir á lo que me era necesario, un piloto mal hombre que yo tenía, sin decirme nada, dió velas y salió delante de la Capitana cosa de dos millas, como otros navios lo habían hecho, para irse aderezando, y á tiempo que iba á amainar las velas para ver por dónde hacía el agua el galeón, llegó á bordo un pataxe, me llamó de parte del Duque que fuera á la Capitana; fui allá, y ántes que llegase, había orden en otro navío para que á mí y á otro caballero que se decía D. Cristóbal de Ávila, que iba por capitán de una urca que estaba mucho más adelante que mi galeón, nos quitasen la vida tan afrentosamente, y cuando yo oyese este rigor, pensé reventar de coraje, diciendo que todos me fuesen testigos de tan gran sinrazón como me hacían, habiendo yo servido tan bien como se vería por escrito. De todo esto no oia nada el Duque, porque, como digo, estaba retirado: solo el Sr. D. Francisco de Bovadilla era el que hacía y deshacia en el Armada, y por él y otros, que bien se conocen sus hazañas, se regía, todo. Mandóme llevar á la nao del Auditor general pira que ejecutase en mí su parecer: fuí allá, y aunque era riguroso el Auditor Martin de Aranda, que ansí se llamaba, me oyó y hizo hacer información secreta de mí y halló haber servido yo á S. M. como muy buen soldado, por lo cual no se atrevió á ejecutar en mí la orden que se le habia dado; escribió al Duque sobre ello, y que si no se lo mandaba por escrito y firmado de su mano no ejecutaría aquella orden, porque vía no haber culpa ni causa para ello, y juntamente yo le escribí un billete al Duque tal, que le hizo pensar bien el negocio, y respondió al Auditor no ejecutase en mí aquella orden, sino en el D. Cristóbal, al cual ahorcaron con harta crueldad y afrenta, siendo caballero y conocido de muchos. Dios fué servido librarme á mí por la ninguna culpa que yo tenía, lo cual podrá saber V. m. bien, ó habrá sabido de muchas personas que lo vieron, y el dicho Auditor me hizo siempre mucha merced, por el buen respeto que tenía con quien era razón. Quédeme en su nao en la cual fuimos pasando todos grandes peligros de muerte, porque con un temporal que sobrevino, se abrió de suerte que cada, hora se anegaba con agua y no la podíamos agotar con las bombas. No teníamos remedio ni socorro ninguno, sino era el de Dios, porque el Duque ya no parecía y toda el Armada andaba desbaratada con el temporal, de suerte que unas naos fueron á Alemania, otras dieron en las islas de Olanda y Gelanda, en manos de los enemigos; otras fueron á Setelanda; otras á Escocia, donde se perdieron y quemaron. Más de 20 se perdieron en el reino de Irlanda, con toda la caballería y flor de la Armada. Como he dicho, la nao en que yo iba era levantisca, á la cual se juntaron otras dos muy grandes para socorrernos si pudiesen, en las cuales venía D. Diego Enriquez, el corcobado, por Maese de Campo, y no pudiendo doblar el Cabo de Clara, en Irlanda, con mal temporal que sobrevino por la proa, fué forzado venir á tierra con estas tres naos, que, como digo, eran grandísimas, y dar fondo más de media legua de la tierra, donde estuvimos cuatro días sin proveer nada, ni aun lo podían hacer, y al quinto vino tan gran temporal en travesía, con mar por el cielo, de suerte que las amarras no pudieron tener ni las velas servir, y fuimos á embestir con todas tres naos en una playa llena de arena bien chica, cercada de grandísimos peñascos de una parte y de otra, cosa jamas vista , porque en espacio de una hora se hicieron todas tres naos pedazos, de las cuales no se escaparon 300 hombres, y se ahogaron más de mil, y entre ellos mucha gente principal, capitanes, caballeros y otros entretenidos.

El D. Diego Enriquez murió allí más tristemente que en el mundo se ha visto, porque con temor de la grandísima mar que había, que pasaba por cima las naos, tomó la barca de su nao, que tenía cubierta, y él con el hijo del Conde de Villafranca y otros dos caballeros portugueses, con más de 16.000 ducados enjoyas y escudos, se metieron debajo de la cubierta de la dicha
barca, y mandaron cerrar y calafatear el escotillón, por donde entraron, y luego se arrojaron de la nao en la barca más de 70 hombres que habian quedado vivos, y queriéndola encaminar hacia tierra, vino sobre ella una tan gran mar, que la hundió y arrebató la gente que sobre ella iba, y luego se anduvo volteando con las mares de acá para allá, hasta que vino á tierra, donde se sentó lo de arriba hacia abajo, y en estos lances, los caballeros que se habian metido debajo de la cubiertilla murieron dentro, y después de estar en tierra pasado día y medio, llegaron á ella unos salvajes y la volvieron para quitarle algunos clavos ó hierros, y rompiendo la cubierta sacaron los muertos, y D. Diego Enriquez entre sus manos acabó de espirar, y lo desnudaron y quitaron las joyas y dineros que tenían, echando los cuerpos por allí sin enterrarlos, y porque es caso de admiración éste y verdadero sin duda, le he querido contar á V. m., y para que allá se sepa de la suerte que murió este caballero, y porque no será razón dejar de contar mi buen suceso y cómo vine en tierra, digo, que me puse en el alto de la popa de mi nao después de haberme encomendado á Dios y á nuestra Señora, y desde allí me puse á mirar tan grande espectáculo de tristeza; ahogarse muchos dentro de las naos, otros en echándose al agua irse al fondo sin tornar arriba; otros sobre balsas y barriles y caballeros sobre maderos; otros daban grandes voces en las naos llamando á Dios ; echaban á la mar los capitanes sus cadenas y escudos; á otros arrebataban los mares y de dentro de las naos los llevaban; y como estaba bien mirando esta fiesta, no sabía qué hacerme ni qué medio tomar, porque no sé nadar y las mares y tormentas eran muy grandes, y por otra parte la tierra y marina llena de enemigos que andaban danzando y bailando de placer de nuestro mal, y que en saliendo alguno de los nuestros en tierra, venian á él doscientos salvajes y otros enemigos y le quitaban lo que llevaba hasta dejarle en cueros vivos y sin piedad ninguna los maltrataban y herían, todo lo cual se veía muy bien de los rotos navios, y no me parecía á mí nada bien lo que pasaba en una parte y otra. Llegúeme al Auditor, Dios le perdone, que estaba harto lloroso y triste y díjele que quería hacer que pusiese remedio en su vida antes que la nao se acabase de hacer pedazos, que no podía durar medio cuarto de hora, como no duró: ya se habían ahogado y muerto la más de la gente della y todos los capitanes y oficiales, cuando yo me determiné á buscar remedio para mi vida, y fué ponerme en nn pedazo de la nao que se había quebrado, y el Auditor me siguió, cargado de escudos que llevaba cosidos en el jubón y calzones, y no hubo remedio de quererse despegar el pedazo del costado de la nao, porque estaba asido con unas gruesas cadenas de hierro, y la mar y maderos que andaban sueltos batían en él y nos hacían mal de muerte, procuré buscar otro remedio, que fué tomar un escotillon tan grande como una buena mesa, que acaso la misericordia de Dios me trajo allí á la mano, y cuando me quise poner sobre él, me hundí seis estados debajo del agua, y bebí tanta que casi me vi ahogado, y cuando torné arriba llamé al Auditor y le procuré poner en el tablón conmigo, y yéndonos apartando de la nao, sobrevino una tan grandísima mar y batió sobre nosotros de suerte;, que no pudo tenerse el Auditor y le llevó esta, mar tras sí y le ahogó: daba voces ahogándose llamando á Dios ; yo no le pude socorrer, porque como la, tabla se halló sin peso en el un lado, empezó á voltear conmigo, y en este instante un madero me rompió las piernas, y yo con grande ánimo me puse bien sobre mi tabla y llamando á nuestra Señora de Ontañar, vinieron cuatro mares una tras otra, y sin saber cómo ni saber nadar me trujeron á tierra, donde salí, y no me podía tener, todo lleno de sangre y muy maltratado. Los enemigos y salvajes que estaban en tierra desnudando á los que podían salir nadando, no me tocaron ni llegaron á mí, por verme como he dicho, las piernas y manos y los calzones de lienzo llenos de sangre, y así me fuí poco á poco andando lo que pude y topando muchos españoles desnudos en cueros, sin ningún género de ropa sobre; sí, tentando de frió, que le hacía cruel, y en esto me anocheció en despoblado y me fué forzoso echarme sobre unos juncos en el campo con harto dolor que conmigo tenía, y luégo se llegó á mí un caballero muy gentil mozo, en cueros, y venía, tan espantado, que no podía hablar ni áun decirme quién era, y á este tiempo, que serian las nuevo de la noche, ya el viento era calma y la mar se iba sosegando. Yo estaba á la sazón hecho una sopa de agua, muriendo do dolor y de hambre, sino cuando vienen dos, (ti uno armado y el otro con una gran hacha do hierro en las manos, y llegáronse á mí y al otro que conmigo estaba, que callamos como si no hubiéramos mal alguno, y ellos se dolieron de vernos, y sin hablarnos palabra cortaron muchos juncos y heno, nos cubrieron muy bien y luego se fueron á la marina á descorchar y romper arcas, y lo que hallaban, á lo cual acudieron más de 2.000 salvajes y ingleses que había en algunos presidios por allí cerca, y procurando reposar un poco empecé á dormir, y al mejor sueño, como á la una de la noche, despertóme un gran ruido de gente de á caballo, que serian más de 200, que iba al saco y destrozo de las naos; yo volví á llamar á mi compañero por ver si dormía, y hállele muerto, que me dio harta pesadumbre y lástima. Supe después que era hombre principal: allí se quedó en el campo con más de otros seiscientos cuerpos que echó la mar fuera, y se los comían cuervos y lobos sin que hubiese quien diese sepultura á ninguno, ni aun al pobre D. Diego Enriquez, y venido el dia empecé á andar poco á poco en busca de un monasterio de monjes para me reparar en él como pudiese, al cual llegué con harta tribulación y pena, y le hallé despoblado y la iglesia y santos quemados, y todo destruido, y doce españoles ahorcados dentro de la iglesia por mano de los luteranos ingleses que en nuestra busca andaban para nos acabar á todos los que nos habíamos escapado de la fortuna de la mar, y todos los frailes huidos á los montes con temor de los enemigos que también los sacrificaran si los cogieran, como lo acostumbraban hacer, no dejándoles templo ni ermita en pié, porque todas las han derribado y hecho abrevadero de vacas y puercos, y porque V. m. se ocupe un poco después de comer, como por vía de entretenimiento en leer esta carta, que casi parecerá sacada de algún libro de caballerías, la escribo tan larga para que V. m. vea en los lances y trabajos que me he visto. Pues corno no hallase persona cu dicho monasterio, más de los españoles ahorcados dentro, de las rejas de la iglesia, salíine muy presto fuera y metíme por un camino que había un gran bosque, y andando por él cosa de una milla, topé una mujer de más de ochenta años, bruta salvaje, que llevaba cinco ú seis vacas á esconder en aquel bosque porque no se las tomasen los ingleses que habían venido á alojarse á su villaje, y como me vio paróse y reconocióme y díjome: ‘tú España’; díjela por señas que sí, y que me había perdido en las naos. Empezó á dolerse mucho y á llorar, haciéndome señas que estaba cerca de su casa y que no fuese allá, porque había en él muchos enemigos, y que habían degollado muchos españoles; todo esto era tribulación y trabajo para mí, porque me via solo y mal tratado de un madero que casi me quebró las piernas en el agua. Al fin con el aviso de la vieja me determiné tomar á la marina, donde estaban las naos perdidas tres dias habia, donde andaban muchas cuadrillas de gentes acarreando y llevando á sus chozas todos nuestros despojos. Yo no osaba descubrirme ni llegar á ellos, porque no me quitasen el pobre vestido de lienzo que acuestas traia ó me matasen, sino cuando veo venir dos pobres soldados españoles desnudos en carnes como nacieron, gritando y llamando á Dios que los ayudase. Traía el uno una mala herida en la cabeza, que le habían dado desnudándole. Llegáronse á mí, que los llamé donde estaba escondido, y contáronme las crueles muertes y castigos que habian hecho los ingleses á más de cien españoles que habían tomado. Con estas nuevas no faltaba tribulación; pero Dios me daba esfuerzo, y después de haberme encomendado á él y á su bendita Madre, dije á aquellos dos soldados: Vamos allí á las naos, donde aquellas gentes andan robando; quizá hallaremos algo que comer ó beber, que cierto, me perecía de hambre, y yendo hacia allá empezamos á ver cuerpos muertos, que era gran dolor y compasión verlos, que los iba echando la mar fuera, y estaban por aquella arena tendidos más de cuatrocientos, entre los cuales conocimos algunos y al pobre de D. Diego Enriquez, al cual, con toda mi tristeza, no quise pasar sin enterrarle en un hoyo que hicimos á la orilla del agua, en la arena, y allí le metimos con otro Capitán muy honrado, grande mi amigo, y no se hubo bien enterrado cuando vinieron doscientos salvajes á nosotros á ver lo que hacíamos. Dijímosles por señas que metíamos allí aquellos hombres que eran nuestros hermanos porque no se los comiesen los cuervos, y luego nos apartamos y buscamos que comer por la marina, del vizcocho que la mar echaba fuera, sino cuando se llegan á mí cuatro salvajes á quitarme lo que tenía á cuestas vestido, y dolióse otro y los apartó viendo que me empezaban á tratar mal, y debía ser principal, porque le respetaban.

Éste, por la gracia de Dios, me hizo espaldas á mí y á los otros dos compañeros, y nos apartó de allí y fué buen rato en nuestra compañía, hasta que nos puso en un camino que se apartaba de la marina iba á un villaje donde él vivía, donde nos dijo le aguardásemos, que volvería presto y nos encaminaría para buena parte, y yendo con toda esta desdicha, por aquel camino había muchas piedras y no me podía menear ni echar paso adelanta, porque iba descalzo y muriendo de dolor de una pierna, que traia en ella una herida muy grande. Los pobres compañeros estaban en cueros y helados de frió, que le hacía muy grande, y no pudiendo vivir ni ampararme se fueron por el camino adelante, y yo me quedé allí pidiendo á Dios favor. Ayudóme y empecé á andar poco á poco y llegué á un alto desde donde descubrí unas casillas de paja, y yendo hacia ellas por un valle, entré por un bosque, y á dos tiros de arcabuz que anduve por él, salió do detras de las peñas un salvaje viejo de más de setenta años y otros dos hombres mozos con sus armas, el uno inglés y el otro francés, y una moza de edad de veinte años, hermosísima por todo extremo, que todos iban hacia la marina á robar, y como me vieron pasar por entre los árboles, parten hacia mí y llega el inglés diciendo: rinde, poltrón español, y con deseo de matarme tírame una cuchillada, yo se la reparó con un palo que traía en la mano, y al fin me alcanzó y me desjarretó la pierna derecha; quísome asegundar, sino llegara el salvaje con su hija, que debía ser amiga de este inglés, y le respondí hiciese lo que quisiese de mí, pues la fortuna me había rendido y quitado las armas en la mar. Apartáronle de mí luego; el salvaje me empezó á desnudar hasta quitarme la camisa, y debajo della traia una, cadena de oro de valor de poco más de mil reales, y como la vieron, alegráronse mucho, y buscaron el jubón hilo por hilo, en el cual yo traía cuarenta y cinco escudos de oro, que me había mandado dar el Duque en la Coruña por dos pagas, y como el inglés vio que yo traía cadena y escudos, quísome tomar en prisión, diciendo que le ofreciese rescate. Yo dije que no tenía qué dar, que era un muy pobre soldado, y que aquello lo habia ganado en la nao. La moza dolióse mucho de ver el mal tratamiento que me hacían; rogóles me dejasen el vestido y no me hiciesen más mal. Tornáronse todos á su casiña del salvaje, y yo me quedé entre aquellos árboles desangrándome por la herida que el inglés me hizo. Tórneme á vestir mi jubón y sayo, que la camisa también me la llevaron, y unas reliquias que yo llevaba de mucha estima en un habí tillo de la Santísima Trinidad, que me habían dado en Lisboa; éstas tomó la dama salvaje, y se las puso al cuello, haciéndome señal que las quería guardar, diciéndome que era cristiana, y éralo como Mahoma, y enviáronme desde su choza un muchacho con un emplasto hecho de hierbas para que me pusiese en la herida, y manteca y leche y un pedazo de pan de avena que comiese. Cúreme y comí, y el muchacho se fué por el camino conmigo amostrándome por donde habia de ir y apartándome de un villaje que desde allí se veía, donde habían muerto muchos españoles y no escapaba ninguno que pudiesen coger á la mano. El hacerme este bien nació del francés, que habia sido soldado en la Tercera, que le pesó harto verme hacer tanto mal. Volviéndose el muchacho, me dijo que siempre caminase derecho á unas montañas, que parecían seis leguas de allí, detras cíe las cuales habia buenas tierras, que eran de un gran señor salvaje muy grande amigo del Rey de España, y que recogía y hacía bien á todos los españoles que á él se iban, y que habia en su villaje más de ochenta de los de las naos, que llegaron allí en cueros. Con esta nueva tomé algún ánimo, y con mi pulo en la mano empecé á caminar lo que pude, haciendo Norte de las montañas que el muchacho me habia dicho, y aquella noche fuí á dará unas chozas donde no me lucieron mal, porque habia en ellas uno que sabía latin, y por la, necesidad que se ofrecía fué nuestro Señor servido que nos entendimos hablando en latin. Contóles mis trabajos; recogiéronme aquella noche el latino en su choza, y curóme y dióme de cenar y donde durmiese en unas pajas, y a la media noche vino su padre; y hermanos cargados de despojos y cosas nuestras, y no le pesó al viejo de que me hubieran recogido en su casa y hecho bien. Por la mañana me dieron un caballo y un mozo que me pasase una milla de mal camino que había, de lodo hasta la cinta, y habiéndole pasado un tiro de ballesta, oimos un grandísimo ruido y díjome el mozo por señas salvase España, que nos llamaban así. ‘Muchos sasanas de á caballo vienen aquí y te han de hacer pedazos si no te escondes; anda acá presto.’ Llaman sasanas á los ingleses, y llevóme á esconder en unas quebradas de peñascos donde estuvimos muy bien, sin que nos viesen, que serian más de ciento y cincuenta de á, caballo; iban la vuelta de la marina, á robar y imitar cuantos españoles hallasen. Líbrame Dios destos, y yendo nuestro camino dan conmigo más de cuarenta salvajes á pié y quisiéronme hacer pedazos, porque eran del todo luteranos, y no lo hicieron porque el mozo que conmigo venía les dijo que su amo me habia preso y me tenia por prisionero y me enviaba á curar en aquel caballo. Con todo esto no bastó para dejarme pasar en paz, porque llegaron dos de aquellos ladrones a mi y me dieron seis palos que me molieron las espaldas y los brazos, y me quitaron todo lo que encima de mi llevaba, liasta dejarme en carnes, como naci. Digo verdad por el santo bautismo que recibi, y yiendome de esta suerte, daba muchas gracias a Dios suplicando a su Divina Majestad se cumpliese en mí su voluntad, que aquello era lo que yo deseaba. El mozo del salvaje se queria tornar a su choza con su caballo, llorando de verme como quedaba desnudo, en cueros tan mal tratado y con tanto frio. Pedí & Dios muy de veras me llevase & donde yo muriese confesado y en su gracia; tome algun animo, estando en el mayor extremo de desventura que jamas se vio hombre, y con unas pajas de helechos y un pedazo de estera vieja me rodeó el cuerpo y me reparó del frio lo mejor que pude. Fuí caminando poco á poco hacia aquella parte que me enseñaron, buscando las tierras de aquel se#241;or donde se habian recogido aquellos espaoñles, y llegando a la sierra que me dieron por se#241;al, topé un lago alrededor del cual habia como treinta chozas todas despobladas y sin gente, y queria anochecer. No habiendo donde ir, busqué la mejor choza que mejor me parecia para recogerme en ella aquella noche, y como digo, estaban despobladas y sin gente, y entrando por la puerta la villena de muchos haces de avena, que es el pan ordinario que comen aquellos salvajes, y di gracias a Dios, que tenia bien a donde dormir sobre ellos, sino cuando veo salir por un lado tres hombros en carnes, como su madre los pario, y levantarse y mirarme. Dióme algun temor, porque entendí sin duda que eran diablos, y ellos no entendieron ménos que podria ser yo, envueltoen mis pajas y estera; como entré no me hablaban, porque estaban temblando, ni tampoco yo á ellos, porque no los conocia y estaba algo oscura la chosa, y viéndome en esta confusion tan grande, dije: ‘Oh Madre de Dios, sed conmigo y libradme de todo mal.’ Como me vieron hablar espa#241;ol y llamar á la Madre de Dios, dijeron ellos tambien: ‘Sea con nosotros esa gran Se#241;ora.’ Entónces aseguréme y lleguéme á ellos, preguntandoles si eran espa#241;oles. ‘Si somos, por nuestros pecados, que á once nos desnudaron juntos en la marina, y en carnes como estabamos nos venimos abuscar alguna tierra de cristianos, y en el camino nos encontraron una cuadrilla de enemigos y nos mataron los ocho, y los tres que aquí estamos nos metimos huyendo por un bosque tan espeso que no nos pudieron hallar, y esta tarde nos deparó Dios estas chozas aquí, que por descansar nos habemos quedado en ellas aunque no tengan gente ni que comer.’ Dijeles, pues, tengan buen ánimo y encomíendense siempre á nuestro Señor que cerca de aqui tenemos tierra de amigos y cristianos, que yo traigo lengua de un villaje que está tres ó cuatro leguas de aqui, que es del señor de Ruerque O’Rourke, donde se han recogido muchos de nuestros españoles perdidos, y aunque yo vengo muy mal tratado y herido, mañana, caminarémos para allá. Alegránonse los pobres y me preguntaron quién era. Yo les dije que era el capitan Cuellar; no lo pudieron creer porque me tenían por ahogado, y llegáronse á mí y casi me acabaron de matar con abrazos. El un dellos era Alférez y los otros dos soldados, y porque es el cuento gracioso y verdad, como soy cristiano, lo lie de acabar para que V. m. tenga que reir. Metíme entre la paja bien enterrado, con aviso de que no se hiciese destrozo en ella ni se descompusiese de cómo estaba, y dejando concertado de levantarnos de mañana para nuestro viaje, dormimos sin cenar ni haber comido más que moras y berros, y cuando Dios enhorabuena fué de dia, yo estaba bien despierto con el gran dolor que tenía en las piernas, oigo hablar y ruido de gente, y estando así llega á la puerta un salvaje con una alabarda en la mano y empezó de mirar su avena y hablar entre sí, y yo quedo sin resollar, y los demás compañeros, que habían despertado, mirando muy atentamente por entre las pajas al salvaje y á lo que quería hacer, que quiso Dios que salió y se fué con otros muchos que con él habían venido á segar y trabajar allí cerca de las chozas, en parte adonde no podíamos salir sin que nos viesen. Estuvímonos quedos, enterrados vivos, platicando lo que nos convenia hacer, y fué acordado no desenterrarnos ni movernos de aquel lugar mientras allí estaban aquellos herejes salvajes, que eran del lugar adonde tanto mal habían hecho á los pobres de nuestros españoles que cogieron, y lo mismo hicieran de nosotros si nos sintieran allí donde no había quien nos valiera sino Dios. Pasóse así todo el dia, y ya que venía la noche, filáronse los traidores recogiendo á sus casares, y nosotros aguardamos que saliese la luna, y revueltos con paja y heno, porque hacía grandísimo frió, salimos de aquel peligro tan grande en que estábamos sin aguardar el dia. Fuimos atollando y rompiendo la vida con hambre y sed y dolor; fué Dios servido de aportarnos á tierra de alguna seguridad, donde fuimos hallando chozas de mejor gente, aunque todos salvajes, pero cristianos y caritativos, donde viéndome uno que yo venía tan mal tratado y herido, me llevó á su choza, y me curaba él y su mujer y hijos, y no me dejó salir de ella hasta que le pareció que pudiera bien llegar al villaje donde iba; en el cual hallé más de setenta españoles, que todos andaban desnudos y bien maltratados, porque el Señor no estaba allí, que había ido á defender una tierra que los ingleses le venían á tomar, y aunque éste es salvaje, es muy buen cristiano y enemigo de herejes, y siempre tiene guerra con ellos. Llámase el señor de Ruerge O’Rourke. Yo aporté á su casa con harto trabajo, enbierto de pajas y rodeado un pedazo de estera por el cuerpo, de suerte que no había quien no se moviese á gran lástima de verme así. Diéronme unos salvajes una mala manta vieja, llena, do piojos, con que me cubrí y remedié alguna cosa. Otro dia par la mañana nos juntamos hasta veinte españoles en la choza deste señor de Ruerque O’Rourke, para que nos dieran por amor de Dios alguna cosa que comer, y están, dolo pidiendo nos dieron nuevas que habia una nao de España en la marina, y que era muy grande, y que venía por los españoles que se habían escapado, con la, cual nueva, sin más aguardar, partimos todos veinte á, la parte donde nos dijeron que estaba, la nao, y hallamos muchos estorbos en el camino, aunque para mí fué remedio y merced que Dios me hizo en que yo no llegase al puerto donde estaha, como llegaron los demás que conmigo estaban, los cuales se embarcaron en ella, porque era del Armada y había arribado allí con gran fortuna, y el árbol mayor y la jarcia muy mal tratada y con temor que no los quemasen ó hiciesen otro mal los enemigos, que lo procuraban con toda instancia, se hicieron á la vela de ahí á dos dias, y con la gente que en ella venía y los demás que se recogieron, tornó á dar al través en la misma costa, se ahogaron más de decientas personas, y los que salieron nadando los tomaron los ingleses y los pasaron todos á cuchillo. fué Dios servido que yo solo me quedase de los veinte que en su busca íbamos, porque no padeciese como los demás. Bendita sea su santísima misericordia para siempre, por tantas mercedes como me ha hecho. Andando así perdido con harta confusión y trabajo, topé con un camino por do iba un clérigo en hábito seglar, porque así andan los sacerdotes en aquel reino, porque los ingleses no los conozcan, y dolióse de mí y hablóme en latin, preguntándome de qué nación era y de los naufragios que había pasado. Dios me dio gracia para que yo le pudiera responder á todo lo que me preguntaba, en la mesma lengua latina; satisfízose tanto de mí que me dio á comer de lo que consigo traía, y me encaminó para que fuese á un castillo que estaba de allí seis leguas, muy fuerte, que estaba un señor salvaje muy valiente soldado, gran enemigo de la reina de Ingalaterra y de sus cosas, hombre que nunca la ha querido obedecer ni tributar, ateniéndose á su castillo y montañas con que se hace fuerte, y me fui para allá, pasando cu el camino muchos trabajos, y el mayor y que más pena me daba, fué que un salvaje me topó en el camino y por engaño me llevó á su choza, que la tenía en un valle desierto, y me dijo que allíhabia de vivir toda mi vida y me mostraria su oficio, que era ser herrero. Yo no le supe responder ni me atreví, porque no me; metiese en la fragua, ántes le mostré alegre rostro y empece á trabajar con mis fuelles más de ocho dias, de lo cual se holgaba el malvado herrero salvaje, porque lo hacía yo con cuidado por no disgustarle, y á una maldita vieja que tenía por mujer. Yo me vía atribulado y triste con tan mal ejercicio, sino cuando nuestro Señor me remedió en tornar á traer por allí al clérigo, que se espantó de verme, porque aquel salvaje no me quiso dejar pasar por servirse de mí. Riñóle el clérigo muy mal y me dijo no tuviese pena, que él hablaría al señor del castillo para donde me habia encaminado y le haría que enviase por mí, como lo hizo el día siguiente, que envió cuatro hombres de los salvajes que le servían y un soldado español, que ya tenía diez consigo de los que se habían escapado nadando, y como me vio tan desnudo y cubierto de pajas, él y todos los que con él estaban se dolieron harto, y aun sus mujeres lloraban de verme así tan mal tratado. Reparáronme allí lo mejor que pudieron con una manta, á su usanza, donde me estuve tres meses hecho propio salvaje como ellos. La mujer de mi amo era muy hermosa, por todo extremo y me hacía mucho bien, y un dia estallamos sentados al sol ella y otras sus amigas y parientas; preguntábanme de las cosas de España y de otras partes, y al fin me
vinieron á decir que les mirase las manos y les dijese su ventura; yo, dando gracias á Dios, pues ya no me faltaba más que ser gitano entre los salvajes, comencé á mirar la mano de cada una y á decirles cien mil disparates, con lo cual tomaban tan grande placer, que no habia otro mejor español que yo, ni que más valiese con ellos, y de noche y de día me perseguían hombres y mujeres para que les dijese la buenaventura; de suerte que yo me veia en grande aprieto, tanto que me fué forzado pedir licencia á mi amo para irme de su castillo. No me la quiso dar, mandó que nadie me enojase ni diese pesadumbre. Su propiedad destos salvajes es vivir como brutos en las montañas, que las hay muy ásperas en aquella parte de Irlanda donde nos perdimos. Viven en chozas hechas de pajas; son todos hombres corpulentos y de lindas facciones y miembros; sueltos como corzos; no comen más de mía vez al día, y ésa ha de ser de noche, y lo que ordinariamente comen es manteca con pan de avena; beben leche aceda por no tener otra bebida; no beben agua, siendo la mejor del mundo. Las fiestas comen alguna carne medio cocida, sin pan ni sal, que es su usanza ésta. Vístense como ellos son, con calzas justas y sayos cortos de pelotes muy gruesos; cúbrense con mantas y traen el cabello hasta los ojos. Son grandes caminadores y sufridores de trabajos; tienen continuamente guerra con los ingleses que allí hay de guarnición por la Reina, de los cuales se defienden y no los dejan entrar en sus tierras, que todas son anegadas y empantanadas; se van toda aquella parte más de cuarenta leguas de largo y ancho; su mayor inclinación destos es ser ladrones y robarse los unos á los otros, de suerte que no pasa día sin que se toque al arma entre ellos, porque sabiendo los de aquel casar que en éste hay ganados ó otra cosa, luego vienen de mano armada de noche y anda Santiago y se matan los unos a los otros, y sabiendo los ingleses de los presidios quién ha recogido y robado más ganados, luego vienen sobre ellos á quitárselos y no tienen otro remedio sino retirarse á las montañas con sus mujeres y ganados, que no tienen otra hacienda ni más menaje ni ropa. Duermen en el suelo sobre juncos acabados de cortar y llenos de agua y hielo. Las más de las mujeres son muy hermosas, pero mal compuestas; no visten más de la camisa y una manta con que se cubren y un paño de lienzo muy doblado sobre la cabeza, atado por la frente. Son grandes trabajadoras y caseras á su modo; nómbranse cristianos esta gente; dícese misa entre ellos; rígense por la orden de la Iglesia romana; casi todas las más de sus iglesias, monasterios y ermitas están derribadas por manos de los ingleses que hay de guarnición y de los de la tierra que á que á ellos se han juntado, que son tan malos como ellos, y en resolución, en este reino no hay justicia ni razón, y así hace cada uno lo que quiere. A nosotros nos querían bien estos salvajes, porque supieron que veníamos contra los herejes y que éramos tan grandes enemigos suyos, y si no fuera por ellos, que nos guardaban como sus mismas perdonas, ninguno quedara de nosotros vivo; temámoslos buena voluntad por esto, aunque ellos fueron los primeros que nos robaron y desnudaron en carnes á los que vinimos vivos á tierra, de los cuales y de las trece naos  de nuestra Armada, donde tanta gente principal venía, que toda se ahogó, hubieron estos salvajes mucha riqueza de joyas y dineros. Llegó la palabra desto al gran gobernador de la Reina que estaba en la villa de Dililin Dublin, y caminó luego con mil y setecientos soldados en busca de las naos perdidas y de la gente que habia escapado, que serian pocos menos de mil hombres que sin armas y desnudos andaban en tierra por las partes donde cada nao se habia perdido, y á los más dellos cogió este gobernador y luego los ahorcaron, y hacía otras justicias, y á los que sabía que nos amparaban, ponía en prisión y los hacía todo el mal que podía, de suerte que prendió tres ó cuatro señores salvajes que tenían castillos y en ellos habían recogido algunos españoles, á los cuales unos y otros tomó en prisión y caminó con ellos por todas las marinas hasta llegar á la parte donde yo me perdí, y de allí caminó la vuelta del castillo de Manglana MacClancy, que así se llamaba el salvaje con quien yo estaba, el cual fué siempre gran enemigo de la Reina, y nunca amó cosa suya ni la quiso obedecer, por lo que deseaba mucho tomarle en prisión, y visto este salvaje el grande poder que contra él venía, y que no tenía resistencia, determinó huir á las montañas, que es todo su remedio á más no poder. Los españoles que con él estábamos ya teníamos nueva del mal que nos venía y no sabíamos qué hacer ni dónde nos guardar, y un domingo después de misa nos apartó el señor melena hasta los ojos, y ardiendo en cólera dijo cómo no podía esperar y que se determinaba huir con todo su pueblo y ganados y familias; i|iie mirásemos lo que queríamos hacer para remediar nuestras vidas. Yo le respondí que se sosegase un poco, que pronto le daríamos respuesta. Apárteme con los ocho españoles que conmigo estaban, que eran buenos mozos, y díjeles que bien vian todos los trabajos pasados, el que nos venía v que para no vernos en más era mejor acabar di una, vez honradamente, y pues teníamos buena ocasión no habia que agiuirdar más ni andar huyendo por montañas y bosques desnudos, descalzos y con tan grandes fríos como hacía, y pues el salvaje sentía tanto desmamparar su castillo, alegremente nos metiésemos los nueve españoles que allí estábamos, en él, y le defendiésemos hasta, morir, lo cual podíamos hacer muy bien, aunque viniesen oí rogdos tantos poder más del que venía, porque el castillo es fortísimo y muy malo de ganar como no le bulan con artillería, porque está fundado en un lago de agua muy profundo que tiene más de una legua de ancho por algunas partes, y de largo tres ó cuatro leguas, y tiene desaguadero á la mar, y aunque se arreciente de aguas vivas no puede entrar en él, por lo cual no se puede ganar este castillo por agua ni por la banda de tierra que está más cerca de él, tampoco se le puede hacer daño, porque una legua alrededor de la villa, que es poblada en tierra firme, es pantano hasta los pechos, que áun la gente no puede venir á ella si no es por veredas, pues bien considerado todo esto, nos determinamos decir al salvaje que le queríamos guardar el castillo y defenderle hasta morir; que hiciese con mucha, diligencia meter dentro bastimentos para seis meses y algunas armas, de lo cual se alegró tanto el señor, y de ver nuestro ánimo, que no tardó mucho en proveerlo todo con la voluntad de los principales de su villa, de que fueron contentos todos, y para asegurarse de que no le haríamos falsedad, nos hizo hacer juramento de que no desmampararíamos su castillo ni se daria al enemigo por ningún pacto ni conveniencia, aunque pereciésemos de hambre, ni se abrirían las puertas para que entrase dentro ningún irlandés ni español ni otra persona, hasta que el mismo señor tornase á él, como se cumpliría sin duda, y después de bien preparado lo necesario, nos metimos en el castillo con los ornamentos y aderezos de la iglesia, y algunas reliquias que había, y metimos tres ó cuatro barcadas de piedra dentro y seis mosquetes y otros seis arcabuces y otras armas, y abrazándonos el señor se retiró á la montaña, donde ya era ida toda su gente, y luego pasó la palabra por toda la tierra como el castillo de Manglana MacClancy estaba puesto en defensa y en no darse al enemigo, porque le guardaba un capitán español con otros españoles que dentro del estaban. A toda la tierra pareció bien nuestro coraje y el enemigo se indinó mucho desto, y vino sobre el castillo con todo su poder, que eran cerca de mil y ochocientos hombres, y hizo alto á milla y media del sin poderse acercar más por el agua que había de por medio, y desde allí ponía algunos miedos y ahorcó dos españoles y hacía otros daños para ponernos temor. Pidiónos muchas veces por un trompeta que le dejásemos el castillo y que nos haría merced de la vida y daria paso para España. Dijímosle(?) que se llegase á la torre, que no le entendíanlos, mostrando siempre hacer poco caso de sus amenazas y palabras. Diez y siete dias nos tuvo sitiados: nuestro señor fué servido ayudarnos y librarnos de aquel enemigo con malos temporales y grandes nieves que sobrevinieron de tal suerte, que le fué forzoso levantarse con su gente y caminar la vuelta de Duplin Dublin, donde tenía su asiento y presidios, y desde allí nos envió amenazar que nos guardásemos de sus manos y no venir á su poder, y que él daria la vuelta en buen tiempo por aquella tierra. Respondímosle muy á nuestro gusto, y de nuestro castellano, el cual luego que tuvo nueva que el inglés era retirado, se volvió á su villa y castillo y se aquietó y sosegó por entonces haciéndonos mucho regalo; nos confirmó muy de veras por muy leales amigos, ofreciéndonos cuanto era suyo para que nos sirviésemos dello, y los principales de las tierras ni más ni menos: á mí daba una hermana suya para que me casase con ella: yo se lo agradecí mucho y me contentaba con una guía para que me guiase á parte donde yo encontrase embarcación para Escocia. No me quería dar licencia á mí ni á ningún español de los que allí estábamos con él, diciendo no estaban seguros los caminos, y todo su fin era detenernos para que estuviéramos á su guardia: no me pareció á mí bien tanta amistad, y así me determiné secretamente con cuatro de los soldados que estaban en mi compañía de irnos una mañana dos horas antes que amaneciese, porque no nos saliesen al camino, y también porque un diaántes me habia dicho un muchacho de Manglana MacClancy que su padre había dicho no me habia de dejar ir de su castillo hasta que el Rey de España enviase á aquella tierra soldados; y que me quería hacer poner en prisión porque no me fuese, y con esta nueva me atavié lo mejor que pude y tomé el camino con los cuatro soldados una mañana, diez dias después de Navidad, el año de 88, y fui caminando por montañas y partes despobladas con harto trabajo, como Dios lo sabe, y al cabo de veinte dias que caminaba vine á parar á unas tierras donde se perdieron Alonso de Leyva y el Conde de Paredes y D. Tomas de Granvela y otros muchos caballeros, que seria menester una mano de papel para dar cuenta dellos, y allí anduve por las chozas de algunos salvajes que allí había, que me contaron lástimas grandes de las gentes nuestras que allí se ahogaron, y me mostraban muchas preseas y cosas ricas de ellos, de lo que yo recibía grande pena y mayor de que no hallaría en que me poder embarcar para ir al reino de Escocia, hasta que un día me dieron noticia de una tierra de un salvaje, que se llamaba el príncipe Ocan O’Cahan, en la cual había unas charrúas que estaban de camino para Escocia, y caminé para allá arrastrando, que no podía menearme por una herida que tenía en una pierna, y como me iba la salvación, puse todo el que tuve en andar, y por presto que llegué, había dos dias que eran partidas las charrúas, que no fué para mí poca tristeza, porque estaba en muy ruin tierra y de enemigos, porque había muchos ingleses alojados en este puerto y cada día venían á estar con el Ocan O’Cahan. A este tiempo me cargó gran dolor en la pierna, de suerte que en ninguna manera me podía tener sobre ella, y avisáronme que me guardase, que había muchos ingleses allí y me harían grande mal si me cogían, como habían hecho á otros españoles, y especialmente si sainan quien yo era. Yo no sabía que me hacer, porque yo me habían dejado los soldados que venían conmigo y se habian ido á otro puerto más adelante á buscar embaracion, y como me vían solo y enfermo, unas mujeres se dolieron de mí y me llevaron á unas casinas que tenia en la montaña, y allí me tuvieron más de mes y medio muy guardado y me curaron de suerte que no me cerró la henda, y yo me vi en buena disposición para venir al casar de Ocan O’Cahan y hablarle, y no me quiso oir ni ver, porque decían que había dado la palabra al gran gobernador de la Reina de no tener en su tierra ningún español ni dejarle andar en ella. En esto los ingleses que estaban alojados habían caminado para entrar en una tierra y tomarla y había ido con ellos el Ocan O’Cahan y toda su gente de guerra, de suerte que se podia andar librementente en la villa, que era de casas pajizas, y allí había unas mozas muy hermosas, con las cuales yo tenía mucha amistad, y entraba en sus casas algunos ratos á conversación y parlar, sino cuando una tarde estando yo allá entran dos manebos ingleses que el uno era sargento y tenía noticia, de mí por el nombre, mas no me había visto, y como se hubieron sentado me preguntaron si yo era español y qué hacia allí; yo les dije que sí y que era, de los soldados de D. Alonso de Luçon que habia remidióse los días pasados á ellos, y que por estar malo de una pierna no me había podido ir de aquella tierra, que allí estaba para los servir y hacer lo que me quisieren mandar. Dijéronme que los esperase un poco, que me había de ir con ellos á la villa de Dublin donde había muchos españoles principales en prisión: yo dije que no podía caminar ni ir con ellos, y enviaron á buscar un caballo para llevarme: yo les dije que era muy contento de hacer su gusto y ir con ellos: con esto se aseguraron y empezaron á retozar con las mozas. Su madre de ellas me hizo señas que me saliese por la puerta, y lo hice con mucha presteza, y fui saltando barrancos y me metí por unos zarzales muy espesos y anduve por ellos hasta perderse de vista el castillo del Ocan O’Cahan y seguí ese camino hasta que quería anochecer, que me llevó á tina laguna muy grande, y á la orilla della vi andar ganado de vacas, á las cuales me fui acercando para ver si había alguna persona que me dijese donde estaba, sino cuando veo venir dos mozos salvajes que venían á recoger sus vacas y llevarlas á lo alto de la montaña, donde estaban recogidos ellos y sus padres con temor de los ingleses, y allí me estuve con ellos dos dias, que me hicieron harta cortesía, y fué necesario ir el uno destos mozos á la villa del príncipe de Ocan O’Cahan á ver qué nuevas ó qué rumor había, y vio allí los dos ingleses que andaban rabiando en mi busca, que ya les habían dado noticia de mí y no pasaba persona á quien no preguntasen si me habían visto. El mozo fué tan buen hombre que en sabiendo esto se volvió para su choza y me avisó de lo que pasaba, de suerte que me fué forzado salir de allí muy de mañana y caminar en busca de un Obispo que estaba siete leguas de allí en un castillo donde le tenían ahuyentado y retirado los ingleses, el cual Obispo era muy buen cristiano; andaba en hábito de salvaje por ser encubierto, y prometo á V. m. que no pude tener las lágrimas cuando llegué á él á besarle la mano: tenía doce españoles consigo para los hacer pasar en Escocia, y con mi venida se holgó mucho, y más cuando le dijeron los soldados que yo era capitán: hízome seis dias que estuve con él toda cortesía que pudo y mandó que viniese una barca con todos aderezos para que nos pasase á Escocia, que en dos dias se va ordinariamente: diónos bastimentos para la mar y díjonos misa en el castillo y habló conmigo en algunas cosas tocantes á la pérdida del reino y romo la Magestad les asistía, y que él habia de venir á España, lo más presto que pudiese en desembarcándome en Escocia donde me avisó viviese con mucha paciencia, pues todos en general eran luteranos y muy pocos católicos. Llámase el Obispo D. Reimundo Termi(?) Obispo de Times(?), honrado y justo hombre: Dios lo tenga de su mano y le libre de sus enemigos.] Aquel mesrno dia á la que amanecía me fuí á la mar en una pobre barca en la que ibamos 18 personas, y el mismo dianos dió viento contrario y nos fué forzoso ir corriendo en popa, á Dios misericordia, la vuelta de Setelanda, donde amanéennos sobre la tierra, la barca casi anegada y rota la vela mayor. Salimos en tierra á dar gracias á Dios por las mercedes que nos habia hecho en aportarnos allí con la vida, y de ahí á dos dias con buen tiempo partimos la vuelta, de Escocia, donde llegamos en tres dias, no sin peligro por la mucha agua que la triste ha rea, hacía, bendito sea Dios que nos sacó de tantos trabajos y tan grandes y me trujo á tierra donde puede ser halle más remedio; que allí decían que acogia el rey de Escocia á todos los españoles que á su reino aportaban, vestía y daba embarcacion para que se fuesen á España, y todo era al reves, pues no hizo bien á ninguno ni dió un real de limosna, pasando la mayor necesidad los que á aquel reino vinimos, en el que estuvimos más de seis meses desnudos, así como nos vinimos de Irlanda y de otras partes que allí acudian á buscar su remedio y viaje para España, antes creo que estaba muy persuadido por parte de la reina de Inglaterra para que nos entregase á ella, y sino acudieran los Señores y Condes Católicos de aquel reino, que los hay muchos y muy grandes caballeros, á favorecernos y hablar por nosotros al Rey y en los Consejos que sobre esto se hicieron, sin duda fuéramos vendidos y entregados á los ingleses, porque el Rey de Escocia no es nada ni tiene autoridad ni talle de Rey y no se mueve un paso ni come un bocado que no sea por orden de la Reina, y así hay grandes disensiones entre los señores y no le tienen buena voluntad y desean verle acabado y la majestad del rey nuestro señor en él y que ponga en pié la iglesia de Dios que tan destruida allí está, y esto nos decían ellos muchas veces casi llorando, que cuando había de ser el dia que lo verían, que esperaban en Dios que sería presto, y como digo, estos Señores nos sustentaron todo el tiempo que allí estuvimos y nos dieron muchas limosnas y hicieron mucho bien, doliéndose de nuestros trabajos con mucha tristeza, rogándonos hubiésemos paciencia y buen sufrimiento con el pueblo que nos llamaba idólatras y malos cristianos y nos decían mil herejías, y si alguno respondia algo cargaban sobre él á matallo y no podía vivir n estar en tan mal reino y con tan mal rey…] se envió un espreso al Sr. Duque de Parma…] de los cuales se dolió Su Alteza como piadoso príncipe, y con gran diligencia procuró nuestro remedid…] al Rey pura que nos dejase salir libres de su reino, y ú los católicos y amigos grande agradecimiento de parto de S. M., con cartassuyas muy amistosas. Estaba un mercader escoces en Flándes que se ofreció y convino con Su Alteza que vendría á Escocia por nosotros y nos embarcaria en cuatro bajeles con los bastimentos que fuere menester y que nos traería á Flándes dándole S. A. á cinco ducados por cada español de los que trújese á Flándes. Fué hecho con él el concierto y fué por nosotros, y sin armas y desnudos como nos halló nos embarcó y trujo por los puertos de la reina de Inglaterra, los cuales nos aseguraron el paso de todas las armadas y navios de su reino, todo falso, porque tenían hecho el trato con los navios de Olanda y Gelanda para que saliesen á la mar y nos aguardasen en la misma barra de Dunquerquey allí nos pasasen á cuchillo sin que quedara uno, lo que los holandeses hicieron según que les fué mandado, que nos estuviesen aguardando mes y medio en el dicho puerto de Dunquerque, y allí si Dios no nos remediara á todos nos cogían. Quiso Dios que de cuatro bajeles en que veníamos, se escaparon los dos y embistieron en tierra donde se rompieron é hicieron pedazos, y el enemigo viendo el remedio que tomábamos nos dio una buena carga de artillería, de suerte que nos fué forzoso echarnos á
nado y pensamos acabar allí. Del puerto de Dunquerque no nos podian socorrer con las barcas, pues el enemigo las cañoneaba vivamente; por otra parte había mucha mar y viento, de suerte que nos vimos en grandísimo aprieto de perdernos todos; con todo nos echamos á nado sobre maderos y ahogáronse algunos soldados y un capitán escoces. Yo salí en tierra en camisa sin otro género de ropa y me vinieron á socorrer unos soldados de Medina(?) que allí estaban. Fué lástima vernos entrar en la villa otra vez desnudos en carnes y por otra parte veiamos como á nuestros ojos estaban haciendo mil pedazos los holandeses á 270 españoles que venían en la nao que allí en Dunquerque nos tomaron sin que dejasen con vida á más de tres, lo cual ya ellos van pagando, pues han degollado más de 400 holandeses que han cogido después acá. Esto he querido escribir á V. m.

De la villa de Anvers, 4 de Octubre de 1589 años.

FRANCISCO DE CUELLAR.

(Real Academia de la Historia. Colección Salazar, número. 7, fólio. 58.)